lunes, 30 de agosto de 2010

Mis muertos punk

El pasado 21 de agosto falleció uno de los escritores latinoamericanos más lúcidos y con mayor influencia en la actual generación: Fogwill. Dueño de una mirada profunda y penetrante, de una prosa que se mueve entre lo oral y la elegancia, su narrativa (pero también sus poemas) quedará como legado (ahí están Muchacha Punk, Japonés, Vivir afuera, Los Pichiciegos, La larga risa de todos estos años, Música, etc.) para los lectores más exigentes. Así esta despedida es también el homenaje de un lector

Fogwill (1941-2010)

por Maximiliano Barrientos

El año pasado, cuando fue invitado a la Feria del Libro de Santiago de Chile, dijo que no entendía a los escritores que se las daban de mártires cuando el bloqueo los visitaba. Para Fogwill todo era más sencillo. Dijo que si ese era el caso, les recomendaba que buscaran una página porno en Internet y que aguardaran hasta que la inspiración volviera. Fogwill tenía montones de frases ácidas que corroía al mundillo literario y que eran la comidilla diaria de los medios. Su inteligencia era aguda y por ratos “alienígena”, como pertinentemente la calificó la cronista Leila Guerriero. En la mayoría de las fotos que le tomaron y que ahora saturan distintos sitios de la red aparece con los ojos desorbitados, en pose de combate. Fogwill era una marca registrada. Igual que Hemingway, tardó años en construir su propia leyenda, el personaje desde donde escribía.

Toda esa lucidez despiadada no serviría de nada si no estuviera abalada por una obra contundente. La inteligencia no es el principal don de un narrador. Hay muchos otros que se precisan con más valía. Una inteligencia feroz, desbocada, puede ser perjudicial si es que enturbia la sensibilidad y la respiración de la prosa. No es el caso del Fogwill, quizás porque esa inteligencia “alienígena” tenía poco que ver con lo académico y sí mucho con lo vital, con la posibilidad de mirar en zonas oscuras. Su inteligencia, en otras palabras, tenía que ver con el riesgo, con la valentía. Fogwill escribía este tipo de cosas: “Yo creo con fervor, y me atrevería a demostrarlo, que toda muerte es una precipitación acumulada de la vejez. La bala que una madrugada de octubre de 1952 sesgó la vida de un puntero maosita en el barrio de Banfield, era una carga de vejez que atravesó su piel haciendo que todo el tiempo del universo se le metiera adentro” (Sobre el arte de la novela).

Ninguna de sus novelas llegó a romperme la cabeza. Todas tienen momentos prodigiosos pero aparecen exabruptos que terminan descolocándome (especialmente cuando juega con la metaficción, como es el caso de La experiencia sensible). No ocurre eso con las narraciones de corto aliento. Ahí Fogwill es tremendo, insuperable. La maquinaria de sus cuentos corre a mil por hora, la prosa es filosa y no da respiro. Pienso en Help a él, La larga risa de todos estos años, Música, Muchacha Punk, Sobre el arte de la novela, Japonés. Son mis favoritos junto a la nouvelle que escribió en los años 80 a punta de cocaína y que radiografió la intimidad de un grupo de soldaditos argentinos que vivía como topos en plena guerra de Las Malvinas: Los Pichiciegos.

Una escritura que carece de ritmo es una escritura anémica que no sobrevivirá aun cuando la historia sea interesante y los personajes conmovedores. El ritmo va primero, es el latido secreto, luego viene lo otro: la arquitectura de los textos. Fogwill es básicamente una música constante, incisiva. Ese quizás sea su principal atributo y en algunos casos su defecto más visible. Toda su obra está montada en un mismo tono hipnótico que golpea directo en la mandíbula. Como muestra, un fragmento de Los Pichiciegos:

“Sobraba el tiempo entre los turnos de cavar. Cavaban de mañana, para que el viento tapase el ruido de las rocas. Hablaban:

¿Qué querrías vos?

Culear.

Dormir.

Bañarme.

Estar en casa.

Dormir en cama blanca, limpio.

Culear.

Comer bien… ¡Te imaginás un asadito!

Ver a mis viejos.

No lo podían creer. Verificaron:

¿A tus viejos?

Sí, y culear y bañarme—dijo el de los viejos, seguro que para no pasar vergüenza.

¿Vos, Tano?

Dormir en cama limpia.

¿Y vos?

Yo estar bien lejos, con calor.

En el calor todos estuvieron de acuerdo. Uno dijo:

Culear y ser brasilero.

Qué: ¿negro?

Cualquier cosa. ¡Pero brasilero!”

Su muerte, ocasionada por un enfisema pulmonar, sorprendió a todos. Tenía 69 años y hacía sólo unas semanas estuvo en Montevideo participando en un congreso literario organizado por la revista Eñe donde despotricó, entre otras cosas, contra los narradores españoles a quienes calificó de mediocres. El único que se salvó, con justicia, fue Manuel Vilas. Desde 2007 la editorial Periférica reeditó con gran éxito sus libros en España. Apareció en excelentes ediciones Un guión para Artkino, Los Pichiciegos y Help a él. Siempre es extraño escribir sobre un escritor que acaba de morir porque se tiene la impresión —que puede ser puramente ilusoria—de que se lo ha conocido a fondo, como si fuera un amigo. Fogwill seguramente era un tipo difícil, pero los que lo conocieron aseguran que era dadivoso. Ayudó a autores jóvenes que consideraba talentosos facilitando la publicación de sus textos. El sábado pasado fue un día triste para muchos. Para otros, sus enemigos, significó el fin de esa vocecita que siempre estaba echando luz sobre sus puntos blandos. Escucho una y otra vez Nebraska de Bruce Springsteen mientras escribo esto. Es un disco tenue, de climas oscuros, ideal para decirle adiós y para salir a la calle y perderse en el ruido.

viernes, 20 de agosto de 2010

La Banda de los Corazones Sucios

Estamos orgullosos de comunicarles que ya está en las calles nuestro quinto título La Banda de los Corazones Sucios, selección y prólogo de Salvador Luis. 14 narradores hispanoamericanos, 14 maneras de ser villano (la supertapa estuvo a cargo de Leandro Escobar). Mientras tomamos poco a poco las librerías, les informamos que ya se vende en el Stand de la librería Martínez Accini en la XV Feria Internacional del Libro de La Paz.

Sucios. Corazones sucios. ¿Cuántos villanos caben en un mismo volumen? En este compendio de cuentos, catorce narradores de Iberoamérica apuestan con dramatismo y humor negro por los “malos de la película”: los asesinos, los bribones, los todopoderosos. Un volumen de maldad y malas compañías. Una Banda de Corazones Sucios que eleva, con su dudoso proceder, a todo aquel que se siente también un poco sucio.

Cuentos de:

JON BILBAO (España)
ANTONIO ORTUÑO (México)
MARIANA ENRIQUEZ (Argentina)
VICENTE LUIS MORA (España)
ALBERTO CHIMAL (México)
MARIAN WOMACK (España)
WILMER URRELO (Bolivia)
SERGI BELLVER (España)
MATÍAS CANDEIRA (España)
JUAN TERRANOVA (Argentina)
JAVIER PAYERAS (Guatemala)
LEONARDO CABRERA (Uruguay)
JUAN CARLOS MÁRQUEZ (España)
ROCÍO SILVA SANTISTEBAN (Perú)

miércoles, 21 de julio de 2010

Contraépica

Publicada primero en el suplemento Brújula de El Deber y hace una semana en Fondo Negro, compartimos con ustedes una reseña de Giovanna Rivero sobre los cuentos de Liliana Colanzi, y aprovechamos para invitarlos a la presentación de Vacaciones Permanentes en la ciudad de La Paz el día martes 27 de julio a hrs. 19:30 en la librería Escaparate Cultural (Edificio HOY, Planta baja, Av. 6 de agosto # 2670). Los esperamos.

por Giovanna Rivero

No siempre en un primer libro de cuentos se intuye el proyecto que el escritor o la escritora ha decidido entregar, a pesar de los secretos pudores, al lector. Vacaciones permanentes, sin embargo, es un libro transparente en ese sentido. Conseguir esa transparencia ha debido significarle a su autora, Liliana Colanzi, horas de trabajo, corrección, relectura, concentrada inteligencia y otras batallas no menos intensas.

Pero, ¿de qué está hecha esa transparencia? ¿Acaso sólo de la renuncia a una pretenciosa opacidad, a una retórica densa y a veces innecesaria? Sí, también de eso. Aunque en el caso de Colanzi, como en el de otros escritores de su generación, la decisión de trabajar con registros domésticos y composiciones lingüísticas mínimas, en ocasiones aparentemente incompletas, pasa más bien por el deseo de priorizar la vida, la vida misma, entendida como eso que nos ocurre a veces violentamente, a veces en la más alocada inconsciencia, más allá de las leyes del lenguaje.

Esto que podríamos considerar una saga, un diario íntimo de viaje o la autobiografía de una generación, tiene, como debe ser, un punto de partida, una fecha-hito: “1997” se titula el cuento que hace de cinta inaugural de esa brillante y demasiado efímera road movie que es la primera juventud vivida justo en el cruce de milenios, cuando la caída de los viejos paradigmas y la euforia de la Globalización generaron otro tipo de crisis, otro tipo de dolor, entre ellos el desconcertante conocimiento de que ser joven ahora sólo servía para eso: para ser joven (¿y era aquello suficiente como gesto político?). En ese sentido, me atrevo a decir que hay una dimensión apocalíptica, astutamente matizada por la prosa limpia de Liliana, en este plano secuencia de siete cabalísticos cuentos.

En efecto, si prestamos atención a la línea biográfica que la narradora traza para su protagonista, Analía, esa suerte de alter ego que en las narrativas intimistas o confesionales sirve para poner en acción los infinitos juegos especulares de la autorreferencialidad, la mentira, la fe del lector y los límites de la honestidad, notaremos que su veloz descenso a los infiernos de la adultez es algo así como una “picaresca negativa”. La joven Analía es la privilegiada testigo del lento pero implacable deterioro de la clase alta boliviana que, claro, a diferencia del resto de Latinoamérica, está siempre más contaminada por el roce continuo y a veces gozoso con el vulgo. Este primer desmontaje es clave para entregar al lector a una Analía ya corrompida por la prematura desilusión. El resto será la supervivencia emocional y económica, las concesiones morales, el veloz aprendizaje del mundo “real” y la manía de la huida.De modo que cuentos como “Rezo por vos”, “El fin de semana estaré bien” o “Banbury Road” nos muestran la contraépica de una Analía que ha decidido agotar el capital de su juventud en eso que el primer mundo valora y teme: la experiencia. Con un aborto de por medio, ruptura para nada gratuita del máximo continuum, el de la maternidad, lo que sigue es una serie de programas fallidos, como si en la potencia del “no” los personajes de Colanzi encontraran ese gesto político antisistémico que reclamábamos en las primeras líneas de esta reseña. Analía abandona sus amores en pos de un ideal siempre inalcanzable, y este ansioso nomadismo, tan a tono con los relatos transmigratorias del Siglo XXI, parece rebotar una y otra vez contra el vacío. La experiencia se atesora, pero su acumulación debe ser frenética y no plantearse ningún tipo de objetivo didáctico.

Sin embargo, y he aquí una exégesis, quizás a pesar de la ruidosa consigna de desequilibrada y perpetua juventud que los siete cuentos proclaman: es probable que el mejor triunfo sea el de la preservación de la individualidad. Aun en medio de la anónima muchedumbre y de las convencionales propuestas para “ser parte de la sociedad” hacer una pareja, establecerse, progresar, Analía, la melancólica heroína, no manifiesta ningún vicio esquizoide (tal vez porque los discursos esquizoides son propios de la modernidad antes que de la posmordenidad). Analía es una sólida unidad, no hay contradicciones o humor que debiliten su empecinado viaje, en soledad, hacia el corazón de las tinieblas. Analía es una flecha que hiere lo que toca.

Hay mucho, mucho más que decir de este precioso volumen. Si sólo nos detenemos a mirar los personajes secundarios, descubriremos en un par de ellos las consecuencias de negarse a crecer, el modo en que lo que era fuerza negativa vital se convierte en una triste mueca del pasado. Adultos inmaduros, decadencia, y en el mejor de los casos, el romántico suicidio, parecen constituir la perspectiva más segura. Ecos carverianos se escuchan en el soundtrack de Vacaciones permanentes, pero a diferencia del minimalismo fundacional de Carver, cuyos personajes han sido mutilados (por obra del editor, ahora lo sabemos) de todo pasado y tal vez de todo futuro, en Liliana, los personajes todavía están dispuestos a salvarse, a trazar vínculos, “de amor” o “de odio”, no importa, para hacer la última apuesta: descubrir si después de la juventud todavía hay felicidad posible o algo que se le parezca. Si dejar de ser herederos para tomar la posta puede regalar un poco, un poquito de satisfacción.

sábado, 3 de julio de 2010

Música para rinocerontes, Juan Terranova

El sábado de julio en la ciudad de Cochabamba, en el marco del VI Encuentro de Escritores Iberoamericanos (auspiciado por el Centro Simón I. Patiño) presentaremos nuestro cuarto lanzamiento, Música para rinocerontes, del escritor argentino Juan Terranova. Los esperamos en Teatro al Aire Libre (Cochabamba) el sábado 10 de julio a las 10:30 a.m.La ciudad de Buenos Aires, los malentendidos del periodismo, la web, las hilachas de política y su articulación con la vida privada, algunas de las muchas variantes del sexo. Estos son los temas de Música para rinocerontes, el primer libro de relatos de Juan Terranova. ¿Por qué no funcionaría una remera con la cara de Joseph Stalin? ¿Por qué los guardavidas no pueden estar en pareja con telépatas? ¿La actividad crítica nos lleva directo a la paranoia? ¿Las mujeres son comparables a grandes y crueles arañas asesinas? Con un estilo directo, el autor de estos doce relatos construye tramas y situaciones que recorren en todas direcciones los primeros diez años del siglo XXI.

"Le tengo un especial cariño a Música para rinocerontes –dijo Terranova–. Un poco porque se fue armando solo, casi sin esfuerzo, con historias breves que escribí a destiempo entre una novela y otra. También porque muchos de sus personajes son reales. A veces pienso que contiene todos mis libros anteriores y de alguna forma anticipa los que voy a escribir en el futuro. Y esa idea lejos de inquietarme me gusta y entusiasma.”

sábado, 12 de junio de 2010

Sobre Vacaciones Permanentes de Liliana Colanzi

Hace una semana, en el recompuesto Fondo Negro de La Prensa, Sebastián Antezana comentó Vacaciones Permanentes (recientemente presentado en XI Feria del Libro de Santa Cruz de la Sierra) y entrevistó a la autora, Liliana Colanzi. Nosotros reproducimos la nota con orgullo.

Foto: Rodrigo Urzagasti

Vacaciones permanentes, mucho más que un primer libro

por Sebastián Antezana

Cada cierto tiempo aparece en la narrativa nacional una propuesta original, un texto que se constituye en obra superior a la suma de sus capítulos, de las partes que la componen, un libro de cuentos, en suma y en este caso, que no es solamente un libro de cuentos. “Cada vez es más complicado develar el enigma de qué es un buen cuento y cómo debe ser. Una de las posibles y más sabias y acertadas respuestas a semejante misterio son los cuentos de Liliana Colanzi”, dice Rodrigo Fresán en la contratapa del libro de la joven escritora cruceña, como presagiando el alcance del desafío establecido en sus páginas. El tamaño de las afirmaciones de Fresán encuentra su justo equilibrio en el tamaño de lo que se juega en Vacaciones permanentes, el primer libro de Colanzi que se presentó el pasado jueves 3 de junio en la XI Feria Internacional del Libro de Santa Cruz, por Editorial El Cuervo, y que llega a inaugurar con violencia y sutileza una literatura que nos es muy cercana y a la vez profundamente nueva, un discurso cargado de gestos que descubrimos como innovaciones y a la vez reconocemos como nuestros.

Entre los siete cuentos y las 120 páginas que componen el libro, el lector encuentra personajes e historias interconectadas, nacidos de una compleja tradición estética literaria y visual, ya que el papel de las imágenes en Vacaciones permanentes es trascendental y crea una lógica interna que, sin embargo, quizás no vale tanto por su carácter físico —la descripción de lugares específicos que se repiten o no en el libro, calles de Santa Cruz, Estonia o Inglaterra, carreteras anónimas, cuartos de hotel— como por su naturaleza emocional, su cercanía a una cadencia que es en realidad un estado de ánimo generalizado. Entre los momentos más destacados de este conjunto notable, “1997” y “Banbury Road” son dos pequeñas obras redondas, de lo mejor que se ha escrito en el género en los últimos años en el país.

Cuando se le pregunta por el origen del libro, Colanzi comenta: “Me fui del país a los 23 años, cuando aún tenía todo el tiempo del mundo para derrochar con los amigos, creyendo que podría prolongar ese estado de suspensión indefinidamente. Pero el tiempo nunca es generoso. A mi regreso en 2008 me encontré con que la imagen que guardaba de esa época —en buena parte mitificada por la soledad y la distancia— había desaparecido casi por completo. Obviamente, yo tampoco era la misma. Cuando descubrí que el territorio —físico y emocional— de mi adolescencia y de mis primeros años de juventud estaba perdido para siempre, deseé con más intensidad que nunca recuperarlo a través de la ficción. Así nació ‘Rezo por vos’, y el primer borrador del relato ‘Vacaciones permanentes’, y varios otros cuentos que deseché porque se me escapaban el tono o el ritmo adecuados. Me faltaba la distancia necesaria para escribir lo que quería, y esa distancia la encontré cuando volví a irme del país. Sólo entonces recobré el tiempo y la soledad que precisaba para convocar a algunos fantasmas. Finalmente, al escribir creía, como Natalia Ginzburg, ‘que no debía contar nada que me resultara indiferente o extraño, que en mis personajes debían esconderse siempre personas vivas a las que estuviese unida por vínculos estrechos’”.

Y de personajes vivos se trata, sin duda. En ese sentido, el gesto que relata al mismo tiempo los dramas del individuo marcado por los rigores del crecimiento y las despedidas, y la vaguedad estilística que los antecede y finaliza son una especie de marca generacional en la narrativa boliviana contemporánea. Sin alejarse del todo de esta característica —que cuando es considerada como valor de legitimación pierde todo rigor—, los cuentos de Colanzi proponen una propuesta estilística más afín a una búsqueda propia del relato: la lucha por encontrar un ritmo narrativo que no interfiera en la exploración sin concesiones de sus personajes. “No creo mucho en las etiquetas generacionales; a fin de cuentas, a la hora de escribir cada escritor se encuentra solo, enfrentando sus propias batallas”, añade Colanzi. “Al momento de escribir los cuentos de Vacaciones permanentes no se me pasó por la cabeza en lo más mínimo explorar el estado de la sociedad y la cultura. Mi intención era transmitir ciertos estados de ánimo, experimentar con el ritmo y la cadencia de los textos, crear personajes de los que se desprendiera algo vivo y encontrar una manera de narrar sus historias de la manera más directa posible”.

Así, Vacaciones permanentes se muestra como una exploración a las zonas trascendentales del ser humano, allí donde los límites entre amor, desencuentro y nomadismo se revelan permeables y difusos, allí donde el hombre batalla por y contra sí mismo mientras se da cuenta de que el entorno cambia inexorablemente y de que quizás allí se encuentre el mayor drama de todos: el hecho de que el fin implica siempre un aprendizaje doloroso en el que a veces uno llega a perderse. Así, algunos de los personajes están marcados por una profunda soledad, un desamparo mayor a la suma de sus circunstancias individuales. Al mismo tiempo, esa desconexión esencial con el resto del mundo parece pasar por una falla de origen en el núcleo de las relaciones sociales más íntimas: la pareja y la familia. Si bien Vacaciones permanentes es también fruto de experiencias personales, en la misma medida en que todo libro es fruto de ciertas experiencias personales, no se trata de un texto autobiográfico. Comenta Colanzi: “Alguna vez Michael Chabon dijo que todos los libros se leen como autobiografías. No en el sentido literal, por supuesto, sino aludiendo a que cada texto es, de alguna manera, el mapa de las obsesiones, los miedos y las inquietudes de un autor. Sin embargo, el escritor es totalmente innecesario como vehículo para llegar a su obra —en muchos casos, creo que la presencia del autor es más bien una interferencia. Cada libro se defiende por sí mismo, navega o naufraga solo, pero en cualquier caso prescinde de su autor”.

Vacaciones permanentes no es un primer libro cualquiera. Viene precedido y acompañado por la brillante intuición estética de su autora y un fuerte compromiso con el hecho de narrar cruda y profundamente un mundo y unos personajes que, salvo algunas excepciones, podrían bien desafiar la prueba del tiempo. Entre ellos, la Analía de “Banbury Road” se mantiene entre los más logrados del libro, una de las propuestas más interesantes y mejor llevadas actualmente, mediante la que es posible llegar a conocernos mejor desde la ficción.

lunes, 24 de mayo de 2010

Vacaciones permanentes, Liliana Colanzi

Nuestro tercer título, el libro de cuentos de Liliana Colanzi, Vacaciones permanentes, ya había sido adelantado primero en Los Noveles, luego en Etiqueta Negra y ahora en Ecdótica (gracias a todos!). Ahora compartimos el texto de la contratapa y aprovechamos para anunciar su presentación oficial en la Feria del Libro de Santa Cruz de la Sierra el 4 de junio a hrs. 21:30. Los personajes de estos cuentos de poderoso impacto emocional transitan por un mundo de verdades inconfesadas y deseos no correspondidos. La confusión, el vértigo y la ternura se mezclan en las experiencias de Analía y sus amigos a lo largo de un periodo turbulento que se inaugura en medio de la euforia adolescente para acabar, inevitablemente, en el desencanto. En “1997”, en una Santa Cruz que sueña con la modernidad y el progreso, Analía se enfrenta al resquebrajado mundo de sus padres, miembros de una clase privilegiada en decadencia. “Banbury Road” muestra a Analía dando sus primeros pasos en el mundo adulto en una Inglaterra gris y fría, luchando con la contradicción que la ha marcado desde siempre: las ganas de partir, la tentación de quedarse. La colegiala rusa de “Tallin” narra cómo es seducida por la promesa de una vida deslumbrante al lado de un contrabandista que le dobla en edad.

Vacaciones permanentes capta sin concesiones el fin de una época y una forma de vida. En estos inolvidables relatos de aprendizaje, Liliana Colanzi se revela como una narradora tan audaz como implacable a la hora de dar cuerpo a los impulsos que se agitan en lo más profundo de sus personajes.

“Cada vez es más complicado develar el enigma de qué es un buen cuento y cómo debe ser. Una de las posibles y más sabias y acertadas respuestas a semejante misterio son los cuentos de Liliana Colanzi. Cuentos desbordando de luces y de sombras y, sobre todo, de perturbadores claroscuros. Cuentos que son, también, como visitas a un planeta lejano y nuevo pero a la vez conocido y próximo. Y es que las idas y vueltas y las alzas y bajas de la juventud siempre serán cuentos que hay que vivir bien para contarlos aún mejor, con una rara astucia y envidiable madurez, trabajando duro, aunque el libro se llame Vacaciones permanentes”.

Rodrigo Fresán

lunes, 15 de marzo de 2010

Leila Guerriero y la vida de los otros

Mientras nos recuperamos de nuestro letargo virtual (debido a las exigencias crecientes de la “realidad”) reproducimos esta genial entrevista (que salió hace unos días, primero en America’s Quartley y luego en el blog On the Road) que le hizo Liliana Colanzi a Leila Guerreiro (sin duda una de las cronistas más interesantes de la actualidad). La mirada del cronista y su responsabilidad, gajes del sistema de abordaje periodístico, los requisitos de una buena crónica y los atributos de un buen cronista y la relación entre periodismo y literatura.


por Liliana Colanzi

Cuenta la periodista Leila Guerriero (Buenos Aires, Argentina, 1967) que a algunas personas, cuando se sienten conmovidas por una historia real, se les da por comentar “sería una gran novela”. Pero Guerriero no quiere escribir una novela. Y no porque no le guste la ficción —al contrario, se alimenta de ella vorazmente. Lo que le molesta a Guerriero de la frase (“sería una gran novela”) es la percepción de que el periodismo es un género menor y que una historia solo aspira a trascender cuando está mediada por la ficción.

“Yo no creo que haya nada más feroz, desopilante, ambiguo, tétrico o hermoso que la realidad, ni que escribir periodismo sea una prueba piloto para llegar, alguna vez, a escribir ficción”, afirma Guerriero en Frutos extraños (Aguilar, 2009), el compendio de sus crónicas escritas entre 2001 y 2008. El trabajo de Guerriero—que publica en El Mercurio y Paula, de Chile, en Vanity Fair y El País, de España, en Gatopardo, revista que también edita para el Cono Sur, en SoHo y El Malpensante, de Colombia—es la mejor prueba de que el periodismo no tiene por qué ser pobre, aburrido o unidimensional. Su libro Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2005), sobre una población en la Patagonia argentina con un alarmante índice de suicidios de jóvenes, es ya un clásico de la crónica latinoamericana contemporánea.

Guerriero reclama para el periodismo la categoría de arte, el arte de contar la vida de los otros con todas las herramientas de ficción que hacen que un cuento permanezca en la memoria, pero con el rigor investigativo que se espera de la no-ficción. Los sujetos de sus crónicas pueden ser inmigrantes chinos, clones de Freddie Mercury, magos mutilados o vendedoras de productos Mary Kay, y todos ellos nos revelan, con sus gestos y obsesiones y pequeñas o grandes tragedias, algún tipo de verdad sobre la condición humana.

Colanzi: ¿El cronista puede tomarse algunas libertades en beneficio de la narración, o se debe respetar el relato de los hechos tal y como sucedieron?

Guerriero: El cronista no debe ni puede tomarse libertades en el sentido de "inventar" cosas, solo porque siente que le convienen a la historia. Eso existe, y se llama ficción, pero no es periodismo. Te pongo un ejemplo burdo: un cronista no puede inventar que, por ejemplo, a tal persona le faltan los dientes, solo porque siente que el detalle es bueno para demostrar el estado de abandono y pobreza en que esa persona se encuentra, aunque la realidad cometa la perrada de poner a una persona viviendo en condiciones de abandono y pobreza con la dentadura completa. Creo que un cronista debe evitar dos pecados mortales: el primero es inventar, y el segundo es aburrir. Pero con respecto a esa frase peligrosa —“respetar el relato de los hechos tal y como sucedieron"—, hay algo para decir, y es que los hechos, tal y como sucedieron, aun cuando sea exhaustivo y serio, siempre estarán atravesados por la mirada del cronista. Si no, una nota sobre el terremoto de Haití escrita por Jon Lee Anderson y otra nota sobre el terremoto de Haití escrita por Rafael Gumucio, deberían ser, punto por punto, la misma nota. La mirada siempre será una mirada subjetiva, que excluye el invento e incluye la honestidad. Un cronista debe contar, no necesariamente en primera persona, lo que honestamente cree que vio. Si inventa, si atraviesa la crónica con una mirada prejuiciosa, hará una mala crónica o construirá una mentira, dependiendo del caso. Pero si es bueno sabrá, desde el principio, que la objetividad es un cuento chino.

Colanzi: En tus textos exploras a fondo la dimensión psicológica de los entrevistados (sus pasiones, sus hobbies, sus contradicciones, sus fobias), en vez de limitarte a proporcionar cifras o datos más convencionales. ¿Cómo nació el interés por incorporar la intimidad de los entrevistados en tus crónicas?

Guerriero: Sucede que yo creo que, si se quiere hacer periodismo narrativo, no es posible hacer otra cosa. El trabajo de un periodista narrativo es preguntar hasta donde se pueda, explorar todos los afluentes, aun cuando sepa que mucho de eso quedará por fuera de lo que escriba. Necesita entender él, para después contar lo que cree que entendió. La conducta de la gente, las cosas que hace y que dice, sus trabajos, sus fracasos, solo pueden entenderse en un contexto mayor que muchas veces permanece oculto, incluso o sobre todo para esa gente. No es, en mi caso, interés por la intimidad, sino interés por todo: por el pasado, por el presente, por lo que esperan del futuro. Interés, en fin, por entender las causas y las consecuencias. Yo intento saber tanto de una persona o de una situación como para impedir que el lector, cada tres líneas, se ponga a dudar de lo que digo. Por eso pregunto todo lo que quiero, puedo y se me ocurre preguntar.

Colanzi: ¿Te preocupa lo que puedan decir tus entrevistados cuando lean lo que has escrito sobre ellos?

Guerriero: No me preocupa en términos de que les guste o no lo que escribí. Yo no escribo para que no les guste, pero tampoco escribo para que les guste. Cuando me siento a escribir, no existe más que mi computadora y yo y la pila de papeles o videos o fotos con las que trabajo. Mido las cosas en términos de eficacia para contar esa historia y trato, como dije antes, de ser honesta, de no ser prejuiciosa ni canalla. Me preocuparía, sí, que me desmintieran, que me acusaran de escribir datos imprecisos o cosas por el estilo. Pero no me ha sucedido.

Colanzi: ¿Cómo llegas a tus historias, dónde las encuentras?

Guerriero: En general, son cosas que están ahí, que han sido incluso repasadas por la prensa, pero en las que siento que, aun repasadas por la prensa, queda todo por contar. A veces, noticias de cuatro renglones en un periódico me llaman la atención por un motivo equis. Entonces las recorto, las guardo, y un día llamo por teléfono a los protagonistas de esa historia y pregunto. Si todavía me parece que es interesante, voy.

Colanzi: Te dan la oportunidad de entrevistar a la persona que quisieras. ¿A quién elegirías?

Guerriero: No tengo idea. No cultivo esas listas, de "el entrevistado soñado", o "los diez temas sobre los que quiero escribir alguna vez". Tengo un cúmulo de ideas que superan, por ahora, el tiempo que tengo para llevarlas a cabo, pero, en general, la gente perfectamente desconocida me resulta más fascinante que cualquier músico o político o actriz. Es que no solo me interesa el qué, sino el cómo, entonces, entre hacer una entrevista de quince minutos con Francis Ford Coppola en un rueda de prensa y pasarme dos meses conversando con el chino que atiende el supermercado de mi barrio, tengo muy claro con qué me quedo. Porque ¿de verdad se puede sostener una conversación interesante, no solo en 15 minutos, sino encorsetado en reglas absurdas, como no hablar de esto y de lo otro? A veces pienso que la mansa aceptación por parte de los periodistas de ese sistema de abordaje perverso a las celebridades es toda una señal del estado de algunas cosas en la profesión. Pero a nadie parece preocuparle. Entonces, me limito a no hacer esas cosas, al menos no de esa forma.

Colanzi: ¿Qué cosas te molestan en una crónica?

Guerriero: En las mías, cuando siento que no he logrado dar con el tono, la estructura y el ritmo que necesita esa historia. En las de otros, cuando encuentro cosas que yo trato de evitar en las que escribo (no siempre son éxito, seguramente): miradas prejuiciosas; afán en parecer chistosos o cínicos o inteligentes todo el tiempo; tapar, con su presencia, la historia que fueron a contar. El periodista, aun cuando escriba en primera persona, debe ser invisible, desaparecer detrás de lo que cuenta.

Colanzi: ¿Qué crónica te ha resultado más difícil de escribir?

Guerriero: Dos: un perfil de Guillermo Kuitca, que hice para Vanity Fair, y la historia sobre el Equipo Argentino de Antropología Forense, que hice para El País de España. Sentí, por diversos motivos, una afinidad profunda con los protagonistas de estas historias, y es muy difícil mantener, después, la distancia óptima para escribir.

Colanzi: ¿Qué atributos necesita un buen cronista?

Guerriero: La curiosidad. Si tiene curiosidad, entenderá que debe averiguar hasta las cosas que no parecen importantes. Debe saber escribir bien y, por tanto, tomar riesgos, ser un gran lector, manejar la herramienta del idioma, investigar otras formas de narrar como la fotografía, el cine, el arte plástico, la música. Debe descubrir cuál es su mirada, aprender a ver. Saber editarse: saber qué incluir y qué dejar afuera. Debe saber desaparecer —al reportear y al contar la historia—, ser humilde, tener paciencia y olvido de sí.

Colanzi: Los suicidas del fin del mundo se enseña en los programas de literatura de algunas universidades. ¿Cómo ves la relación entre periodismo y literatura?

Guerriero: ¿Qué universidades son esas? Ja. Si lo enseñan como ficción, estamos en problemas, porque es un libro de no ficción, aunque está muy influenciado por la ficción en sus herramientas narrativas. Según la RAE, literatura es el "arte que emplea como medio de expresión una lengua". Entonces el periodismo, que es contar historias, es una forma de literatura. Yo no creo que el periodismo sea una especie de literatura de bajo voltaje, ni que todos los periodistas, para ser finalmente aceptados en un canon que desconozco —quizás porque no aspiro a él— tengan que escribir ficción. Ahí tenés el caso de Kapuscinsky y de Talese, dos tipos que escribieron cosas geniales y que jamás se sintieron atraídos por escribir ficción. Parafraseando a aquel marinero de Cartago, yo diría que contar ficción no es necesario, pero contar sí. Creo que el único periodismo que me gusta leer es el que aplica, para contar historias, las técnicas de la literatura, pero excluyendo, claro, la posibilidad de inventar.

Colanzi: ¿A qué escritores o periodistas admiras?

Guerriero: Una lista desprolija y no exhaustiva incluye a Idea Vilariño, César Vallejo, John Steinbeck, Vladimir Nabokov, Michael Chabon, Ethan Canin, Lorrie Moore, Annie Proulx, A.H. Homes, Truman Capote, Martín Caparrós, Rodolfo Walsh, Ryszard Kapuscinsky, Fogwill, Susan Orlean, Joan Didion, John Irving, Flaubert, Anne Tyler, Stendhal, Richard Ford, Pete Dexter, F. Scott Fitzgerald, Miguel Hernández, Góngora, Quevedo, Alejandro Zambra, William Faulkner, Homero, Dostoievsky, y muchos libros de autores de los que me gusta solo un libro, y mucha prosa de autores cuyos libros no me gustan en absoluto.

domingo, 31 de enero de 2010

Holden arma un escándalo

Hace un año habíamos homenajeado (aquí, aquí, aquí, aquí y aquí) a J.D. Salinger, muerto hace algunos días a los 91 años. Ahora, ante la avalancha de recensiones, críticas, reseñas, obituarios y semblanzas (algunos logrados, otros truchos) queremos entregar, con fervor de fans, esta traducción, perpetrada por nuestro amigo Javier Rodríguez, de este minucioso ensayo que recorre la influencia y recepción de The Catcher in the Rye, desde su lanzamiento a nuestros días.

por Gish Jen

Algunos críticos la detestan. Catholic World señala su “formidablemente excesivo uso de lenguaje soez y sandeces propias de un amateur”, y se perciben dudas respecto a si un adolescente bebedor, alienado, fumatérico y expulsado de la escuela como su protagonista, Holden Caulfield, será una influencia positiva para los jóvenes. Otros críticos, sin embargo, “se carcajean y… hasta ríen fuerte y duro”, y muchos han comparado a Holden con Huck Finn. El sociólogo David Riesman, que acababa de publicar The Lonely Crowd (1950), asigna Catcher a sus estudiantes de Harvard para que la trabajen como un estudio de caso. Aún así, el grueso de las reacciones de la crítica está dentro de las fronteras de lo que se considera normal en el mundo editorial; Harcourt Barce, que rechazó el libro, todavía no tiene mucho de que arrepentirse. En cuanto a las ventas, pues, la novela se ha movido bastante bien en tapa dura pero, y que tal con la reciente invención del paperback –esa encuadernación que utiliza cola y no hilo para el empaste–, hace falta considerar esa posibilidad también. ¿O no les parece que Catcher es la clase de libro a la que le iría muy bien en ese nuevo formato?

Y así de bien le va, vendiendo más de 60 millones de copias. Es más, en 1956, una represa de interés crítico parece reventarse para la novela. Se publica estudio tras estudio, tanto que los cincuenta son apodados “La década de Salinger”; los escritores contemporáneos se quejan por la desatención que sufren. A Holden Caulfield se lo compara no sólo con Huck Finn, sino con Billy Budd, David Copperfield, Natty Bumppo, Quentin Compson, Ishmael, Peter Pan, Hamlet, Jesucristo, Adán, Stephen Dedalus y Leopold Bloom enrollados en un solo paquete. Lo que el crítico George Steiner denominó “la industria Salinger” se hincha fantásticamente, hasta que –como una enorme y decidida ave– se posa en un huevo con la forma de un bunker.

Pero, ¿dónde comenzó todo esto? En una carta a un amigo, escrita en 1940, un Salinger de 21 años describe su novela en progreso como “autobiográfica”; décadas más tarde, en una entrevista con un reportero de una escuela secundaria –la única que el autor ha dado jamás– Salinger también dijo, “Mi adolescencia fue muy similar a la del chico del libro.” Por supuesto que hay diferencias. Salinger, entre otras cosas, es el hijo único de una familia mitad judía y mitad católica, asistió a una academia militar y fue veterano de la Segunda Guerra Mundial Como Holden, por otro lado, sí se aplazó en la preparatoria, y también como él fue capitán del equipo escolar de esgrima –tarea en la que, según su hija Margaret cuenta, una vez efectivamente perdió los enseres del equipo en plena ruta a un campeonato.

Lo que es más importante aún Salinger parece haber experimentado la misma desafección que Holden. Muchos de sus conocidos de esa época lo recuerdan como sardónico, puteador, un solitario. Margaret Salinger igualmente rastrea la alienación del libro hasta su padre, aunque para ella no refleja cabalmente su temperamento inestable ni su problemática adolescencia tanto como plasma sus experiencias con el antisemitismo y, ya adulto, en combate. Sabiendo que Salinger peleó en algunas de las más sangrientas y estúpidas campañas de la Segunda Guerra Mundial, donde aparentemente sufrió una crisis nerviosa hacia el final de su tiempo en servicio, poco antes de ponerse a trabajar –según sabemos, y todavía en Europa– en Catcher, no sorprende que la reacción de Holden evoque no sólo el tumulto adolescente, sino la espantosa resaca de un veterano al regresar a la vida civil. Holden puede ser un rebelde sin causa, pero no es un rebelde sin explicación: se reconoce en la muerte de su hermano, muy fácilmente, un símbolo para el trauma máximo. Y atestiguamos la notable vehemencia con la que Holden habla de la guerra –declarando, por ejemplo, “Como que estoy encantado con que hayan inventado la bomba atómica. Si acaso llega a haber otra guerra, incluso así, voy a sentarme encima de la puta bomba. Me voy a apuntar como voluntario para eso, juro por Dios que lo haré.”

¿Y dónde queda la teoría de Margaret Salinger y el antisemitismo? Ella muestra a Salinger como un individuo bastante sensible con sus orígenes judaicos, y con justa razón: apenas unos años antes de la llegada de su padre a la academia militar, la foto de un estudiante judío que se había graduado como el segundo de su clase fue impresa en el anuario en una página especialmente perforada, de modo que arrancarla resultase sencillo. También notamos, en la biografía no oficial que escribió Ian Hamilton, una carta escrita por el padre de una chica a la que Salinger le había propuesto matrimonio, donde lo describía como “un tipo raro. No se juntó mucho con nuestros otros invitados [en su hotel de Daytona Beach] El estaba pues… –bueno, ¿acaso es judío? Creo que eso explicaría su forma de actuar… parecía que llevaba los pantalones sucios o algo.”

Curiosamente la hermana de Salinger, en una entrevista, apoya la idea del antisemitismo, aunque se enfoca en la su naturaleza mixta, en ese “estar a medias”, también. “Era bueno ser en parte judío en aquellos días”, dice, “No es que ser judío fuese una ventaja tampoco, pero al menos eras parte de algo. De ese modo no tenías que ser ni naranja ni manzana[i].” Complicando un poco más la figura, nos encontramos con que Salinger creció entre los mimos de su madre católica-irlandesa, pero descuidado por su padre judío, que deseaba ver a su hijo entrar al negocio familiar, de importación de víveres, que tenían. Naranjas y manzanas, adorado y criticado, Salinger era recordado por algunos compañeros de clase en la academia militar, como un tipo cuya conversación “estaba empapada de sarcasmo”, mientras otros lo veían como “un sujeto común”, y por sus maestros como “calmado, pensativo, siempre ansioso por satisfacer.” Sorpresivamente, este –a veces malhablado– estudiante, escribió una canción para su clase que es tan convincentemente prístina (“Nos decimos adiós, seguimos adelante/ Vamos en busca del éxito/ Se marchan nuestras siluetas de Valley Forge / Pero los corazones se quedan atrás”) que aún se la canta en las ceremonias de graduación. Editó el anuario también, mostrando una tan genuina pátina de hombre juicioso que se hace tentador pensar que, dado su manifiesto interés por la actuación, todas estas actividades eran virtuosas performances de profundo subterfugio –por lo que, claro, no dejarían de ser dolorosamente desconcertantes. La descripción que da Holden de sí mismo, “el más fantástico mentiroso que has visto jamás”, puede haberse aplicado también a Salinger; y la opinión que tenía Salinger de su propia naturaleza dividida, en aquella era anterior a las “identidades situacionales”, puede también tener mucho que ver con la palabra que resuena en todo Catcher, “phony”.

Una parte trascendente del genio de Salinger parece, en todo caso, incluir la forma en que transmuta –como probablemente siente que debe hacer– sus problemas particulares en una, más enigmática, “autobiografía” de la alienación. Y puede darse como extraña ironía que el resultado de ello llegue a ejemplificar la autenticidad americana: como James Dean, Holden Caulfield es para muchos la imagen última del rebelde de posguerra. Joven, rudo, incomprendido, se revela ante las presiones conformistas, se ve atraído por la inocencia, etcétera. Olvidemos que Holden es blanco, varón, heterosexual, sofisticado, acaudalado y el producto de la década de los cuarenta; él personifica la angustiosa resistencia a los Estados Unidos de la década de los 50 –de hecho, para muchos unos años donde se manifestó la verdadera esencia de ese país. No está claro si Salinger intentó que su creación asumiera algo parecido a ese rol. Es más, desconocemos incluso si veía en la proyección de una identidad nacional una meta literaria deseable –como sí hacía, por ejemplo, su contemporáneo John Updike.

¿Y no hay algo falso (phony), o por lo menos loco, en la entronización de Holden dentro de la cultura Americana? Hasta cierto punto, la academia le siguió la pista a la cultura; Catcher se había disparado en sus ventas hacia mediados de los 50, en pleno “terremoto generacional”, y eso demandaba una explicación. Críticos como George Steiner vieron en el libro un diseño demasiado ajustado para triunfar en el mercado paperback –corto, fácil de leer, y capaz de adular “la grandiosa ignorancia y vacuidad moral de sus jóvenes lectores”. Otros, en cambio, vieron en su éxito un prometedor avance, indicador de que algo perseverantemente joven, desafiante y comprometido con la verdad, existía en el espíritu americano. Partiendo del trabajo de Donald Pease, el crítico Leerom Medovoi describió como un nuevo canon para la América de la guerra fría estaba surgiendo en esos días; tal proceso veía en las obras del Renacimiento Americano (novelas como “Moby Dick” y “Adventures of Huckleberry Finn”) convertidas en una “tradición coherente que dramatizaba la emergencia de la libertad americana como un ideal literario, de algún modo ya opuesta en lucha heroica al totalitarismo prefigurado”. Provocativamente, situó a Catcher entre esos trabajos, sugiriendo leerlos como alegorías nacionales donde germinaba la esencia misma de la “americanidad”, fundándose ésta en el disenso –algo difícil de creer durante el dominio del McCarthismo en los Estados Unidos.

Evidentemente, algunos académicos –ejerciendo de académicos– se mostraron en desacuerdo. Aún así, Medovoi y sus ideas se suman a la casi monalisesca ambigüedad de Catcher, ayudando a explicar cómo la novela llegó a ocupar el lugar (según otras medidas inexplicablemente alto) que tiene en las letras americanas, dado que se desvía mucho de los valores literarios canónicos. La novela es, para empezar, sentimental y a menudo sublime. Peor todavía, si bien el crítico Alfred Kazin acierta al atribuir la emoción de las historias de Salinger a su “intensa, casi compulsiva necesidad de llenar cada centímetro de su lienzo, cada segundo de su escena”, realmente la prosa de Catcher ni de lejos se enciende recurriendo a monti mentali. Vistas como un todo, incluso, son también bastante elusivos. Salinger, que a la fecha ha publicado solo ésta novela, se describió una vez como “un hombre de piscas, no de avalanchas”; lo que se percibe también en Catcher, cuyos primeros episodios estallan en su vitalidad, pero que en su totalidad pasan como una novela que apenas consigue sacudirse de encima el límite de la nouvelle. No se desarrolla notablemente, por ejemplo, en su parte media; Holden nunca profundiza en sus relaciones ni comparte el escenario con otros personajes. Por el contrario, el libro comienza a sentirse angosto y maniático, monocromático –tanto que al leerla uno se pregunta si su verdadera contribución no se encuentra en haber anticipado su tono a “The Culture of Narcissim” de Christopher Lasch. Dichas características contrastan con, por ejemplo, “The Great Gatsby”, pues ésta claramente no es una novela que se estudiará para descubrir nuevas perspectivas en torno a la novela como forma literaria.

A menos, claro, que uno se interese en cómo una novela puede armarse sin que su autor deje entrever su estudio previo de “The Art of Fiction” de Henry James. Catcher demuestra, entre otras cosas, cuán diversas y misteriosas formas encuentra una novela para “funcionar”, y cómo hasta las audiencias sofisticadas tienden a postrarse ante obras de arte pero capitulan frente al testimonio. Nos fascinan las voces que “nos la cuentan como la vivieron”. O, en el caso de Catcher, parecen hacer eso. Mi hijo de dieciséis años –que mientras escribo esto ha estado leyendo Catcher para su clase de segundo de secundaria– lo explica así: “Sientes como si estuvieras frente a una historia de verdad”, pero al final de cuentas Catcher es una ruptura con la realidad y no una fuente de información sobre ésta. Él relaciona el atractivo de Holden con el que tiene Harry Potter: así como Harry le habla a los niños porque Harry es como ellos aunque un poco “especial” y capaz de hacer magia, Holden le interesa a mi hijo porque se rebela y “se sale con la suya” en una forma que, en la opinión de mi hijo, jamás lograría en realidad. Resumiendo, una parte del atractivo de Catcher está en su provisión de fantasía. Esto puede ser valioso, si ayuda a sus lectores a reflexionar sobre los límites de su propia libertad, pero también puede fomentar el solipsismo. Alfred Kazin, poniendo en términos más toscos esa idea, describe al público de Salinger como “los numerosos sujetos a los que nuestra sociedad ha permitido verse a sí mismos como infinitamente sensibles, solitarios de espíritu y dotados; y cuyo sufrimiento recae en la constante reducción de su conciencia sobre sí misma” –un poco halagüeño grupo que sin duda incluiría a Mark David Chapman, que tenía una copia de Catcher en su bolsillo cuando asesinó a la leyenda “trucha” (phony) John Lennon, así como John Hinckley, que también bajo la influencia de Holden, intentó a asesinar a Ronald Reagan.

Otras explicaciones de la popularidad del libro tienen que incluir su descacharrante humor, así como su estatus de lectura obligada, e incluso la celebridad de su autor. Agresivamente reclusivo, el malestar de Salinger con la banalización de su trabajo y persona, lo llevó primero a desdeñar todo tipo de ronda publicitaria –nada de entrevistas o autobiografías–, y a partir de 1966, incluso a cesar sus publicaciones. Con todo, a pesar de su conocido desagrado por los hippies y su apoyo a la guerra de Vietnam, Salinger se convirtió para la contracultura de los sesenta el zafado[ii] máximo. Y así, en años subsecuentes, el escritor se vería repetidamente atrapado en un halo poco apetecible, manteniendo un aura de integridad martirizada que la recurrente censura de Catcher no hace sino intensificar.

La Academia también sigue empujando. El crítico Alan Nadel, apuntando que la Guerra Fría recrudeció entre 1946 –año en el que, por razones desconocidas, Salinger declinó la publicación de una versión preliminar de la novela– y 1951, cuando sí fue publicada Catcher, hace una interesante reflexión al ver en Holden una disconformidad poco heroica, más bien una reacción al McCartismo. Muchas características de la narrativa de Catcher –la obsesión por el control en sus patrones retóricos, su preocupación por la dualidad y la compulsión de “poner apodos”– manifiestan, para Nadel, un encarcelamiento psíquico en el que el acto de decir la verdad nunca resulta verdadero. De hecho, la insistencia de frases como “Lo digo en serio” y “a decir verdad” no producen otra cosa que insinuar arenas movedizas en lugar de tierra firme detrás de ese discurso. Al terminar la novela Holden está profundamente contrariado, más aislado que independiente, más derrotado que desafiante. “D.B. [hermano de Holden] me preguntó que pensaba de todo esto que te acabo de contar… A decir verdad, no tengo idea, no sé qué pensar al respecto,” dice, conmovido, Holden. “No sé lo que pienso de esto.”: ¿se pregunta el autor del himno de su clase en la academia militar por el valor del acto de escribir? ¿Se ha convertido Holden, el avatar de la autenticidad americana, en un avatar de la inautenticidad?, ¿De la truchez (phonyness)? Y aquí el parque de diversiones Salinger se confirma, una vez más, creo, en un perfecto reflejo de nuestro mundo.

(Tomado de “A new literary history of America”, editado por Greil Marcus y Werner Sollors, Harvard University Press, 2009)



[i] Es interesante notar que en el original se dice “neither fish nor fowl”, difícil de traducir tratando de conservar el subtexto implícito.

[ii] Dropout, en Tim Leary-esca parla.


jueves, 14 de enero de 2010

La voz de Maxi

En el portal literario más visitado de Bolivia, Ecdótica, salió hace un par de días este post que trata de ubicar la voz literaria de uno de los autores más destacados de esta generación, Maximiliano Barrientos, dentro del contexto y la tradición precedente. Reproducimos esta nota para iniciar este agitadísimo 2010.

por Franchesco Díaz Mariscal

Más de una vez alguien se habrá preguntado si la literatura boliviana responde a o se mueve por modas. Desde lo que podríamos considerar sus inicios –no en sensu stricto, quede claro, sino a partir de la creación de la hoy dejada en el pasado República–, las letras en Bolivia dan cierta idea de haberse movido por ciclos, más ó menos análogos y contemporáneos a los que pasaban sus pares en países vecinos.

Así, tenemos un registro en principio bélico/romanticista (suena paradójico mas no lo es) que tiene su génesis en la lucha independentista, sigue con la Guerra del Pacífico y se prolonga hasta la aparición del indigenismo, corriente que surge hacia la segunda década de la centuria pasada y se queda hasta pasada la Guerra del Chaco. Muestras de ambos: Nataniel Aguirre y, desde luego, Alcides Arguedas.

Concluidas las espurias batallas con Paraguay, cuyo único buen efecto –si acaso un conflicto armado puede tener alguno– resultó la revisión de las estructuras sociales, este se vio reflejado asimismo en novelas y relatos de tinte sociológico/costumbrista. Óscar Cerruto, Carlos Medinaceli y Antonio Díaz Villamil algunos de sus exponentes.

Pero no sería sino hasta la década de los ’60 que la vida citadina/urbana ingresaría en los relatos largos. Marcelo Quiroga Santa Cruz es uno de los primeros con Los Deshabitados. Luego aparecerían otros renombrados como Jaime Saenz o los narradores contemporáneos que se hicieron acreedores a distintos premios nacionales y algún reconocimiento foráneo.

Ahora podemos hablar de una especie de deconstrucción narrativa ó el arte de no contar. Allí es donde encaja muy suelto de cuerpo Maximiliano Barrientos, joven narrador cruceño con ya tres libros en su haber: Los Daños (2006), Hoteles (2007) y Diario (2009). Libros de relatos los primeros, e indefinible el tercero –puede ser uno más de relatos cortos, puede comprenderse como novela corta e incluso puede verse como textos poéticos en prosa–, la pluma de Barrientos marca algunas de las pautas de la anti-narración contemporánea.

Construcciones gramaticales económicas. Crudas, directas, sin tiempos perdidos ni ditirambos ó hipérboles. Con mucha carga existencial, que obliga a la persona que lee a cuestionar y cuestionarse. Incluso puede pensarse en un estilo narrativo de la desilusión, del descreimiento, de aquel que ya ha perdido toda esperanza y sólo se refugia en su escepticismo.

Un estilo que tiene muchísimo que ver con la nada, el desgano y la apatía que son casi los motores –por así decir– de la cotidianidad contemporánea, donde ya no se vive persiguiendo ideales o romances como en el siglo pasado, sino más bien se subsiste a diario, comunicados con el resto a través de la red y otros artilugios tecnológicos, pero en realidad cada momento más dueños de nuestras propias y muy privadas soledades y misantropías.

Maximiliano Barrientos, como Rodrigo Hasbún y otros escritores nacidos a fines de los 70 o en la década de los 80, va marcando su tonalidad propia en la asimismo variopinta narrativa nacional. Con una pluma que no hace condescendencias y tampoco es fácil de asimilar –motivo por el cual de seguro no gustará a más de una persona, habituada a literaturas más digeribles–, Maximiliano es una voz disonante en el coro lírico boliviano, pero una voz que asimismo descolla y va a paso firme. Que siga en ese derrotero.