sábado, 24 de enero de 2009

Homenaje a J. D. Salinger (Parte 2)

Durante más de un cuarto de siglo la obra del norteamericano William Faulkner fue minuciosamente ignorada por sus paisanos, hasta que Sartre y sus amigos de Les Temps Modernes les enseñaron cómo leer al gigante. Luego de recibir el Premio Nobel, Faulkner viajó mucho por todo el mundo, dando conferencias. Entre 1957 y 1958, durante una residencia en la Universidad de Virginia, el viejo Bill retribuyó la hospitalidad de los virginianos con un ciclo de charlas sobre tópicos diversos que a menudo culminaron en un intercambio de preguntas y respuestas con el público.

Siguiendo con nuestro homenaje a Salinger, aquí les ofrecemos la segunda parte de la conferencia (y parte del diálogo posterior con el público) que William Faulkner diera el 24 de abril de 1958, en el English Club de aquella universidad.

PALABRAS PARA ESCRITORES JOVENES

William Faulkner

Considero que todos los escritores, mientras están en su pico creativo, trabajando a la máxima potencia para dejar escrito de una buena vez todo aquello que tienen la urgencia de expresar, no leen a los escritores más jóvenes, los que vinieron después de ellos. Tal vez por la misma razón que el atleta que corre los 100 metros no mira hacia atrás: no tiene tiempo de interesarse en saber quién corre a sus espaldas o a su mismo nivel, sólo le importa aquel que va adelante. Esto fue cierto en mi propio caso. Así que cuando vine a advertirlo una gran brecha se había abierto: 25 años de literatura contemporánea de la que yo no conocía nada en absoluto.

Entonces, cuando meses atrás empecé a leer la literatura que se escribe hoy, llegué a esos libros no sólo con ignorancia sino con una suerte de frescura, de inocencia: lo que podríamos llamar un interés virgen de preconcepciones. Como quiera que sea, desde el primer cuento que leí, una impresión se ha venido repitiendo tan consistentemente que creo es posible apelar a una generalización. Va así: el joven escritor de hoy se siente compelido por el presente estado de nuestra cultura a trabajar en un espacio vacío de humanidad. Sus personajes no funcionan, viven, respiran o se esfuerzan en una arcilla de común humanidad del modo que lo hicieron los de nuestros predecesores, aquellos maestros de quienes aprendimos nuestro oficio: Dickens, Fielding, Thackeray, Conrad, Twain, Smollett, Hawthorne, Melville, James. Los personajes de esas novelas eran seres humanos cuyo mero existir comportaba la afirmación de un incurable e indomable optimismo. Hombres y mujeres entendibles y comprensibles hasta cuando nos resultaban antipáticos, incluso en los precisos momentos en que robaban, asesinaban o traicionaban, ya que ellos también no eran más que simples humanos, con sus vicios, sus virtudes, sus esperanzas. Habitaban una forma de humanidad que habían aceptado, en la que creían y en la que funcionaban de acuerdo a principios morales: la verdad no era una variable sujeta a interpretaciones según desde donde se paraba uno a observar los hechos; era una esencia inalterable, una cosa que podría partirte la cabeza si no la aceptabas o respetabas.

No he leído todos los libros publicados por la reciente camada de escritores. No he tenido tiempo. Por tanto, hablaré únicamente de aquellos que conozco. Estoy pensando en el libro que considero el mejor de todos: Catcher in the Rye, de Salinger. Tal vez porque este libro expresa exhaustivamente todo aquello que he estado tratando de decir: es la historia de un joven, padre de aquello que un día será un hombre, más inteligente que algunos, más sensible que la mayoría, quien (él no lo habría llamado instinto, porque ignoraba poseerlo) tal vez porque Dios lo arrojó al mundo, amaba a su prójimo y añoraba ser parte de la humanidad. Alguien que trata de sumarse a la sociedad y fracasa. Para mí, la tragedia no reside en que este joven, Holden Caulfield, no era, como quizás lo pensaba él mismo, lo suficientemente duro, o lo suficientemente valiente, o contaba con los méritos necesarios para ser aceptado por la humanidad. No. Para mí, la tragedia reside en que este joven trató de integrarse a la humanidad cuando ya no quedaban trazas de humanidad, cuando aquello que hace humano al hombre se había extinguido. No había nada en el mundo para él. No le quedaba otra que aletear, nervioso, desesperado, dentro de su jaula, hasta que se rindiera o hasta que, atormentado por su inútil aleteo, acabara por destruirse a sí mismo. Inmediatamente, uno piensa, por supuesto, en Huckleberry Finn. He ahí otro joven siendo ya el padre del hombre en que se convertiría en el futuro. Pero en el caso de Huck lo único que él tuvo que enfrentar fue su pequeñez, algo que el tiempo habría de resolver. Con los años, Huck habría de ser tan grande como cualquier otro hombre al que le tocara enfrentar. Siendo Huck como era, el mundo a lo sumo iba a dañarle un poco la piel de su nariz. Nada más. La humanidad, la comunidad de los hombres, habría de aceptarlo, ya lo había aceptado. Lo único que Huck tenía que hacer era desarrollarse físicamente.

Este es, según lo entiendo, el dilema de los jóvenes escritores. Rescatar al individuo de la anonimia antes de que sea muy tarde, antes de que la condición humana haya abandonado del todo a ese animal que llamamos el hombre.

Pregunta del público. ¿Podría usted, por favor, hacer una comparación entre Wall Street Panic Snopes [N. de El Cuervo: personaje de Faulkner que aparece por primera vez en la novela The Hamlet] y Holden Caulfield? ¿Qué ventajas o habilidades observa usted en Wall Street Panic que Holden Caulfield no tiene y nunca tendrá?

William Faulkner. Wall Street Panic sabía perfectamente dónde quería ir; él sabía que lograría llegar a su meta si tomaba la precaución de respetar unas cuantas reglas de juego. Eso es lo que hace. Y logra su propósito. Yo creo que Wall Street no era realmente un Snopes, que probablemente, o verdaderamente, él no era un Snopes, que la mujer de su padre quizás hizo algo de trabajo extracurricular alguna noche, y que, por tanto, él no era en verdad un Snopes. El era… mucho más simplote que el resto de los Snopes. Pero quería ser independiente y amasar mucho dinero. Tenía para sí mismo reglas sobre cómo iba a lograr su cometido. El quería hacer dinero según las viejas leyes del trabajo duro, ahorrando cada centavo, no buscaba estafar o sacar ventaja de nadie.

Pregunta. A menudo pienso que la tragedia de Holden Caulfield es que, de alguna manera, él no sucumbe, que de haberse dejado caer en la humanidad, la habría encontrado…

WF. Bueno, él podría haberlo logrado, si hubiera sido más fuerte de lo que era. Y de haber sido más fuerte, para empezar, no habría habido ninguna historia que contar. Con todo, su historia es la de un jovencito inteligente, muy sensible, quien ya entonces era un anacronismo para su época. Algo así como una obsolescencia, puesto que él se esfuerza para satisfacer las demandas de un mundo en el cual no estaba capacitado para sobrevivir: él no quiere dinero, no quiere ninguna posición, nada de eso, solamente busca humanidad, algo, alguien, a quien amar. Y no logra hallarlo. No había nada allí, en ese mundo, para él. Cuando más cerca logra estar de alguien es al charlar con su hermana, quien, a pesar de ser una niña, trata de amarlo, sin poder entender su problema. El tiene demasiados preconceptos sobre las otras personas con las que se encuentra. El profesor que podía haberlo ayudado, por ejemplo, es un fracaso para Holden, ya que muy pronto él pone bajo sospecha los verdaderos motivos del profesor.

Pregunta. Señor Faulkner, todo esto me recuerda muchísimo a una novela titulada The Sound and the Fury… En ella tenemos a Quentin Compson, ese gran personaje, buscando amar a la gente y también tenemos esa relación con la hermanita…

WF. No estoy completamente de acuerdo con usted. No creo que Quentin y Holden sean tan parecidos, excepto en el detalle de que ambos son muy sensibles. Además, están provistos de un bagaje familiar bastante similar: gentes excesivamente inteligentes pero incapaces de reciprocar afectos, de dar ternura. Algo que, según lo entiendo, era el ámbito de Holden.

Pregunta. ¿No le parece a usted que Salinger ha creado un mundo demasiado estrecho, que no ha creado la suficiente cantidad de personajes para representar la sociedad del presente? Es como que Holden no tiene suficientes posibilidades de contacto antes de que pueda avanzar en algún sentido.

WF. No, él no podía establecer ningún contacto. Lo intentó, pero no pudo. Ahí tenemos ese episodio con el profesor: era una posibilidad de contacto, el profesor lo entendía e incluso podría haberlo ayudado, pero de inmediato Holden se refugia en uno de los preconceptos que le fueron enseñados: todo varón que no está felizmente casado es, seguramente, un homosexual. Esa es la presión nacida del pertenecer a un grupo, del ser tipificado: uno ya no puede ser uno mismo. Cada quien debe pertenecer a un grupo. Holden tropieza con dos personas que podían haberle dado esa sensación de humanidad de la que hablé antes. Son la prostituta y el cafishio. Pero el único punto de contacto que establecen es aquel billete de cinco dólares. No hubo otra cosa. Ya que incluso cuando el cafishio golpea a Holden es como si se hubiese golpeado contra una puerta o una pared. No hay nada humano en ello. El único contacto posible es con su hermanita. Ella es demasiado pequeña para ver el problema… Ella intuye, sabe, que Holden está metido en un lío, pero no puede tener la mínima noción respecto a esas angustias, esos problemas…

(Tomado de Faulkner in the University: Class Conferences at the University of Virginia 1957-1958. Editado por Frederick l. Gwynn y Joseph L. Blotter)