miércoles, 4 de febrero de 2009

Homenaje a J. D. Salinger (parte 4)

Hace apenas unos días falleció el escritor John Updike. Nos pareció pertinente, “updikeano”, recordarlo en su propia voz antes que apresurar algún requiem. Este post, por tanto, será un homenaje doble: compartiremos con los despistados que nos visitan un texto que John Updike publicara en el New York Times en Septiembre de 1961, su reseña del entonces flamante libro de Salinger Franny and Zooey.

Solía decir Borges que la reseña de libros en los periódicos es un género literario a mitad de camino entre la palmadita en el hombro y el brindis. Aquí, Updike lee minuciosamente a Salinger. Y si bien su lectura no es la tópica parrafada condescendiente, si bien Updike deja caer un par de juicios lapidarios sobre aquel libro de Salinger, en ningún momento dudamos de su honestidad.

Por lo demás, el párrafo final de la reseña no consiente ambigüedades.

El párrafo final es ese brindis. Al centro y adentro.

Ese párrafo final podría leerse también como una declaración de principios del mismísimo John Updike.

La traducción, exquisita, laboriosa, es un regalo de nuestro querido amigo Javier Rodríguez --ese dandy lebowskiano.



Días de ansiedad para la familia Glass

John Updike

De pronto, como suceden las cosas en el periodo medio de J.D. Salinger, sus más largas y recientes historias se están publicando como volúmenes independientes, de tapa dura, recuperadas de antiguas y nebulosas ediciones del “New Yorker”. “Raise High the Roof Beam, Carpenters” se editó el año pasado en “Stories from the New Yorker 1950 – 1960”, y ahora “Franny” y “Zooey” tienen también libros propios. Estas dos historias –la primera de mediana extensión, la segunda casi una nouvelle– colindan en el tiempo y comparten el argumento de la crisis espiritual de Franny.

En la primera historia, Franny llega en tren desde un símil de la Universidad Smith, para pasar –en lo que debe ser Princeton– un fin de semana festivo en Yale. Ella y su cita, Lane Coutell, acuden a un restaurant, donde nos enteramos que ella no sólo no está entusiasmada, sino que, de plano, no se siente bien. Ella intenta explicarse mientras su amigo se ufana por un trabajo final sumamente molesto y come ancas de rana. Finalmente, Franny se desmaya, y la encontramos por última vez tendida en la oficina del gerente, rezándole al techo silenciosamente.

En la segunda historia, Franny ha vuelto a casa, un gran apartamento en los East Seventies. Es el lunes posterior a su sábado infausto. Solamente su madre, Bessie, y su hermano menor, Zooey, están en casa. Mientras Franny yace insomne en el sofá del living, su madre le comunica –en una conversación interminable– su preocupación y su afecto por Zooey, quien, después de una conversación aún más larga con Franny, consigue atrapar la crucial palabra de consuelo entre la enrarecida atmósfera del apartamento. Franny, “como si todo lo poco o mucho de sabiduría que hay en el mundo fuese de pronto suyo” sonríe al techo y queda dormida.

Pocos escritores posteriores a Joyce arriesgarían semejante caudal de palabras en eventos que son puramente internos y en actos que son puramente coloquiales. Vivimos en un mundo, sin embargo, donde el acto decisivo puede provocar el holocausto, y la convicción de Salinger de que nuestras vidas internas tienen gran relevancia lo califica peculiarmente para cantar a una América en la que –para muchos de nosotros– parece ya quedar muy poco por hacer, salvo sentir. La introversión, quizás, se ha impuesto forzosamente a la Historia; una era de matices, de gestos ambiguos y de diletantismo psicológico, a escala nacional y privada, se cierne sobre nosotros, y la intensa atención de Salinger por los gestos y la entonación lo catapulta para transformarse, entre todos sus contemporáneos, en un artista literario genuinamente relevante. Como Hemingway buscó las palabras para los objetos en movimiento, Salinger busca las palabras para los objetos transmutados en subjetividad humana. Su ficción, en esa su bravura algo sombría, su humor, su morbidez, su cínica pero persistente esperanza, combina con la forma y el pulso de la vida americana contemporánea. Pagando por ello el precio de convertirse en peligrosamente tortuosa y estática. Nada menos.

El sentido de la composición no se encuentra entre los puntos fuertes de Salinger. Incluso estas dos historias, tan complementarias en apariencia, resuenan como distantes componentes de un libro. La Franny de “Franny” y la Franny de “Zooey” no son la misma persona. La heroína de “Franny” es una guapa universitaria atravesando un plausible momento de repulsión. Ha descubierto –uno se percata de ello rápidamente– cierta fealdad en el hambriento ego humano y una indudable fatuidad en su ambiente universitario. Y ella está tratando de encontrar la salida con la ayuda de un libro religioso, The way of a pilgrim, que fuera mencionado por un profesor. Ella obtuvo el libro en la biblioteca de su universidad. Su familia, brevemente avistada en la postdata de una carta que Franny ha escrito, aparenta ser típica de la clase media alta –finolis. Jamás se menciona su apellido como Glass; Franny nunca menciona hermano alguno. Su novio es craso y egocéntrico pero no totalmente detestable; intenta al menos, aunque torpemente, “acercarse” a Franny, con un amor cuyo sesgo físico se manifiesta dolorosamente inapropiado. Finalmente, se sugiere –acaso inadvertidamente– que la joven puede estar embarazada.

La Franny de “Zooey”, por otra parte, es Franny Glass –la menor de los siete famosos chicos Glass, todos los que han sido, a su turno, dolorosamente brillantes estrellas del popular quiz show radial “It’s a Wise Child” (“Es un chico listo”). Sus padres, una muy infrecuente combinación de judíos e irlandeses, dan la impresión de un viejo equipo de vodevil. Desde su infancia, Franny ha sido saturada por sus dos hermanos mayores, Seymour y Buddy, con la sabiduría religiosa oriental. Lejos de ser un descubrimiento universitario, The Way of a Pilgrim proviene del escritorio de Seymour, donde el libro ha permanecido por años.

Uno se pregunta cómo una joven criada en un hogar donde el budismo y la teología de la crisis eran charla habitual pudo haber pospuesto su propia crisis durante tanto tiempo y cómo, cuando ésta finalmente sobrevino, pudo hallarse tan desarmada. En ningún momento existe duda respecto a su embarazo; la sola idea parece una violación de la estupenda inmaterialidad de los Glass. Lane Coutell, quien a pesar de sus faltas era un hombre al menos considerable en el universo de la primera Franny, es ahora sólo uno de los remotos millones de seres suficientemente burdos y tontos para merecer haber nacido fuera de la familia Glass.

Entre más escribe Salinger sobre ellos, más se funden indistinguiblemente los siete hijos Glass, formando una imposible cohesión de belleza personal e inteligencia. Franny es descrita así: “Su piel era hermosa, y sus facciones delicadas y muy distinguidas. Sus ojos eran casi la misma sobrecogedora sombra de azul que los de Zooey, pero estaban bastante más separados entre sí, como sin duda deben estarlo los ojos de una hermana.” De Zooey se nos asegura que tiene “una algo incongruente habilidad para citar, instantánea y frecuentemente casi en forma literal, cualquier cosa que haya leído jamás, o incluso escuchado, con genuino interés.” El propósito de tales oraciones no es, sin duda, el de particularizar personajes imaginarios, sino inducir en el lector un ánimo de adoración ciega, teñida de envidia.

En “Raise High the Roof Beam, Carpenters” (la primera y mejor de las obras de Glass: una mágica e hilarante prosa poética con el hechizante resultado de una misteriosa claridad), Seymour define el sentimentalismo como dotarle “a una cosa mayor ternura de la que le ha dado Dios.” Esta me parece que es la raíz del problema: Salinger ama a los Glass más de lo que el mismo Dios los ama. Salinger los ama demasiado, exclusivamente. Su invención se ha transformado en su reclusión. Los ama incluso más allá de la moderación artística.

“Zooey” es un cuento demasiado largo; tiene demasiados cigarrillos, demasiadas maldiciones, demasiados cotorreos sobre realmente muy poco. El autor nunca deja de acosar sus creaciones, confortándolas cariñosamente o aplaudiéndolas con sigilo. Le roba al lector la iniciativa sobre a quién debe otorgarse el amor. Aún en “Franny”, que es una pieza estrictamente pre-Glass, el escritor parece menos un observador desapasionado que un espía que se deleita maliciosamente con cada detalle de la ineptitud del pobre Lane Coutell. Es más, la impresión de que un segundo varón está presente es tan fuerte que roza el escándalo (cuando el autor acompaña a Franny al tocador de damas del restaurante).

“Franny”, sin embargo, se desarrolla en un mundo que es notablemente el nuestro; en “Zooey” nos movemos a un mundo de ensueño cuyos detalles celosamente animados enfatizan una esencial irrealidad. Cuando Zooey le dice a Franny, “Sí, maldita sea, tengo una úlcera. Esto es Kaliyuga, amigo, la Edad de Hierro”, la incredulidad recae en “amigo” tanto como en “Kaliyuga”, y la aclaratoria “la Edad de Hierro” confirma nuestra sospecha que un catedrático ha usurpado el estrado del escritor. En las historias de los Glass, el vehemente comentario de lo obvio –los guiones televisivos en general no son buenos, no todos los asistentes son genios– no es la extrusión menos penosa. Por supuesto, los Glass condenan el mundo solamente por condescendencia, para perdonarlo al final. Sin embargo, la insignificancia de la condena disminuye el heroísmo de la condescendencia.

Tal vez éstas son palabras muy duras; se hace difícil escribirlas a causa de la extravagante autoconciencia característica de la prosa reciente de Salinger, en la que la mayoría de las objeciones que uno podría elevar ya han sido elevadas. En la solapa de este libro, Salinger confiesa: “Existe un peligro suficientemente real, supongo, de que tarde o temprano me sumergiré, tal vez desapareciendo completamente, en mis propios métodos, alocuciones y manierismos. Vistas las cosas, estoy de hecho muy esperanzado.”

Déjenme decir que estoy muy contento con que él esté esperanzado. Yo soy uno de aquellos –haciendo una pequeña confesión yo también– para quienes la irrupción de la obra de Salinger significó algo muy parecido a una revelación. Y espero que revelaciones futuras aún estén por llegar.

La saga de los Glass, tal como Salinger la ha delineado, potencialmente contiene gran literatura. Cuando se han eludido todas las reservas respecto a la dirección que ha tomado Salinger, queda reconocer que efectivamente es una dirección, y que el rehusarse a quedar satisfecho con lo ya logrado, la voluntad de arriesgarse al exceso en nombre de las propias obsesiones, es lo que distingue al arte del mero entretenimiento --y lo que hace a algunos artistas aventureros por cuenta de todos nosotros.

Nota

Invitamos al lector a visitar Diseccionando a la Musa Perdida, allí podrá leer un excelente in memoriam a John Updike. Si dice que viene mandado por nosotros, le hacen descuento.