martes, 6 de octubre de 2009

Entrevista a Maximiliano Barrientos

Siguiendo el tono de una comunicación e intercambio cada vez más fluidos entre nuestras literaturas, el escritor argentino Juan Terranova (que acaba de publicar las novelas Lejos de Berlín y Los amigos soviéticos) leyó Diario, de Maximiliano Barrientos y le hizo esta entrevista, que salió en Hipercritico.

Made in Bolivia

por Juan Terranova

Maximiliano Barrientos nació en Santa Cruz de la Sierra en 1979. En el 2007 ganó el Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra en el género de cuento. Hoy es uno de los referentes de la literatura emergente boliviana y acaba de publicar su tercer libro en la paceña editorial El Cuervo. Se titula Diario y son relatos largos, de prosa fría y dura.

En una especie de integración incompleta o “unilateral”, en Bolivia se lee mucha literatura del Plata, pero ¿qué pasa con la literatura de allá? ¿Qué autores bolivianos te influenciaron? ¿A cuáles leés, podés recomendar o te parecen que valen la pena?

Me cuesta pensar en la literatura desde un lugar nacionalista. En ese sentido, un escritor arma sus propias tradiciones y éstas no respetan fronteras rígidas. En mi caso, los escritores que verdaderamente influenciaron y me contagiaron el deseo de narrar son norteamericanos. Raymond Carver, Rick Moody, Denis Johnson, Charles D'Ambrosio, William Faulkner, James Salter o Adam Haslett son algunos autores a los que siempre vuelvo. Junto a ellos, muchos cineastas y músicos. Entre los bolivianos me interesa Jaime Saenz, que es un excelente poeta cuyo mito a veces se come a su obra. Edmundo Paz Soldán desde hace unos años se está consolidando y su última novela, Los vivos y los muertos, es un gran ejemplo de ello. Y de mi generación, Rodrigo Hasbún es uno de los escritores más brillantes, con libros terribles y muy personales.

Desde el título, el libro pone marcas y condiciona la lectura. ¿Cuánto hay de autobiográfico en Diario?

Me interesan los libros híbridos. Libros donde no se pueda establecer una diferencia tajante entre lo que pasó efectivamente y lo que pertenece al campo de la invención. Y creo que la ficción posibilita eso ya que es una forma de enfrentarse a la experiencia que carece de la solemnidad y la responsabilidad que se les exige a otras disciplinas. La ficción se mete con la vida y la reordena y la reconstruye a su antojo. Las cosas como pasaron, como queremos creer que pasaron. Las cosas como pudieron haber sucedido. De todas esas posibilidades, de las vidas que debieron ser las nuestras y no lo fueron se alimenta la literatura. Cuando Philip Roth escribía Los hechos, su autobiografía, cuestionaba las limitaciones del género. Decía que cuando hablaba de sí mismo en sus novelas lo hacía con mucha más libertad y honestidad que en un texto de no-ficción en el que tenía un compromiso ético con la verdad. Y en cierta forma Diario se construye desde esa libertad que da la ficción, aun cuando tenga su asidero en algunas cosas que efectivamente sucedieron, aun cuando se origine en la memoria.

¿En qué se parece y en qué se diferencia Diario de Los daños (2006) y Hoteles (2007), tus libros anteriores?

Si bien tiene a algunos de los mismos personajes, quiero creer que éste es un libro más frío, más distante. Quiero creer que trata la emoción de forma menos visceral.

El cuento Años Luz que abre el libro, narra situaciones de viajes, desencuentros, exilio y adulterio y todo parece atravesado de una ansiedad por irse pero sin saber a dónde, por escapar sin destino fijo. ¿Bolivia es un país de road-movies permanentes?

Sí, hay mucho de eso que dices en el cuento y probablemente en todo el libro. La idea de que el nomadismo trae implícito una reinvención de la identidad. De que se puede ser otro mientras se viaja, mientras se dejan lugares. El nomadismo como una terapia. El problema es que los personajes no pueden irse o no tienen ningún lugar hacia donde fugar, por lo tanto la huída se produce en otros planos. Conocer a mujeres e irse a los días es una forma de estar viajando, en tránsito. Es un paliativo del viaje real. Bolivia probablemente posibilite el road-movie permanente, condiciona el imaginario, pero creo que estos personajes tendrían el mismo impulso por fugarse si hubieran nacido en cualquier otra parte del mundo.

Leonard Cohen se cita en tu libro, ya desde el epígrafe que lo abre. También hay otras citas, por lo general de grupos pop o rock. ¿Qué otra música podría musicalizar su lectura? ¿Qué música boliviana escuchás?

Sí, la música es muy importante en mi escritura, y Leonard Cohen lo es más que cualquier otro músico. Ahí, muy cerca de él, está Neil Young, Dylan, Ray Davies, Lou Reed, Justin Vernon, Elliott Smith, Bruce Springsteen. Quizás es algo sintomático. Casi todos los que escribimos y rondamos los treinta años quisimos alguna vez hacer canciones, subirnos al escenario, perdernos en la estridencia. Por eso la literatura que me interesa funciona en el mismo registro que las canciones. Las canciones tratan sobre la emoción, la atrapan, la traducen para otros. Y las novelas y los cuentos que de verdad significan algo para mí hacen lo mismo. Más allá de representar una época, más allá de hacer sociología a través de la literatura, me interesan los libros que exploren la intimidad. En Latinoamérica leo con atención el trabajo de Saer y de Piglia y claro, de Bolaño y de Onetti. Entre los más jóvenes lo que hace Alejandro Zambra, Rodrigo Hasbún, Fabián Casas y Antonio Ungar. Hay una intimidad exquisita en sus obras que raya lo que buscábamos antes, cuando éramos verdaderamente jóvenes, cuando queríamos formar bandas y crear música. Siguiendo con tu otra pregunta, recomiendo el trabajo de Rodrigo “Grillo” Villegas, es un cantautor boliviano que vale la pena tener en cuenta. Y también, entre los más jóvenes, lo que hace Mamut.

En tus cuentos aparecen, casi como personajes secundarios, los bares. ¿Por qué?

Porque al igual que los hoteles, los bares son tierra de nadie. Sitios donde se puede hacer un paréntesis. Porque en los bares y en los hoteles la cuestión personal queda en suspenso, tenés la ilusión de ser otro. Podes reinventarte. Además, los bares son grandes lugares para pensar, para entrar en un tipo distinto de velocidad. Son el sitio ideal para hacerse algunas preguntas. Hay cierto fetichismo en esos lugares que funcionan como resortes narrativos, como constantes visuales que anteceden a la narración.

¿Cómo es la vida de un escritor joven en Santa Cruz de la Sierra? ¿Cómo está armado el circuito literario? ¿Se relaciona con la política?

Santa Cruz afortunadamente es una ciudad tranquila y bastante cálida, es una ciudad tropical que desde un tiempo a esta parte creció mucho y se ha convertido en el principal motor económico del país, constituyéndose en un foco importante de inmigrantes. Yo me mantengo al margen de los grupos de escritores y también de todo lo que se relaciona con lo político.

¿En qué estás trabajando ahora?

Estoy armando el libro que publicará en España la editorial Periférica. Lo estamos editando con Julián Rodríguez, dueño de Periférica y un muy buen escritor español que publica sus libros en Mondadori. Se trata de una antología de mis dos primeros libros en los que estará la nouvelle Hoteles junto a otros cuatro cuentos más. Saldrá bajo el título de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer. Es curioso enfrentarse a viejos textos, a textos que no revisabas en años. Muchos fueron reescritos íntegramente, pero creo que un texto no es algo acabado y cerrado sino un objeto susceptible a mutar, a transformarse. Si vuelvo a publicarlo con los años, quizás publique un libro completamente diferente a lo que saldrá en España. Además de esto, estoy trabajando en dos novelas que ya están casi listas.

¿Cuál sería el lector ideal de tus cuentos?

Supongo que uno se vuelve escritor porque encontró ciertas cosas en los libros esenciales. Y uno escribe porque quiere ingenuamente provocar en otros, en la medida de lo posible, parte del terremoto que provocaron esos libros. Entonces el lector ideal sería el que se mueva en una frecuencia similar, el que conecte con una sensibilidad que está en el libro, el que sepa decodificarla y a su vez usarla para construir otros objetos. En ese sentido, Fabián Casas está en lo cierto: la literatura es una construcción colectiva.