jueves, 29 de diciembre de 2011

Sobre La era de la boludez

Continuando, con retraso y apuro para variar, nuestro especial colectivo sobre discos de 1991, antes de que se acabe este agitado e intenso 2011. Esta vez Juan Terranova se salta la cerca y escribe sobre un disco editado en 1993 pero que es muy 1991: La era de la boludez de Divididos. Por Juan Terranova

1. El último boy scout de Tony Scott con Bruce Willis se estrenó en 1991. El crítico de cine Javier Alcácer la describió así: “Alguna vez la década entera se leerá desde esa película”. La era de la boludez, el tercer disco de Divididos, es de 1993 y ya desde el título tematiza las transformaciones esenciales de la última década del siglo XX en la Argentina. Las esenciales y las no esencial, los detalles, las minucias también, porque finalmente son las que terminan definiendo una rutina, un estado de época.

2. La relación con El último boy scout no es solamente cronológica. Ni siquiera hace falta recordar California como meca oscura, las influencias de cada obra, el funk y el neo-funk. Digamos –alcanza- que ambas obras son piezas que combinan tradición y modernidad, o mejor, lo telúrico y el costumbrismo con la violencia del presente.

3. Detalle: el sonido del tambor de Federico Gil Solá, muy cerca del beat de Chad Smith en los Chilli Peppers, que ese mismo año sacaban Blood Sex sugar magic,, acompaña, casi que imita, los golpes que Bruce Willis le da a los malos. Repetición, constancia, eficiencia, sincronía, muy clara en la famosa escena de “si me volvés a tocar te mato”.

4. Desde luego se pueden ir a buscar las marcas evidentes. En las letras de La era de la boludez tenemos “Salir a asustar” y “Salir a comprar”, el miedo y el consumo, etcétera. Se sabe: un crítico astuto puede hacerle decir casi cualquier cosa a una letra de rock. La letra de “Rasputín”, por ejemplo, es permeable a fáciles lecturas anti-neoliberales. Posiblemente se trate de lecturas acertadas.

5. ¿La era de la boludez se deja fascinar por el objeto que tematiza? A veces pienso que sí, a veces pienso que no. En todo caso, la denuncia no es parte de la obra. Aparece más bien una reflexión. La idea de incorporar elementos telúricos y géneros populares, el bombo legüero, el folclore nacional electrificado, o canciones hechas sin más, casi acapella, son formas de llamar la atención, de hibridar un discurso que durante mucho tiempo fue único. El recurso del indigenismo, presente en más de un tema, se vuelve a veces, casi siempre, remanido. La cronología señala los 500 años del descubrimiento para 1992. El “esfuerzo contemporáneo” del disco es evidente.

6. Como fuere, la mano de Arnedo en la tapa no es un saludo. Más bien es un gesto de límite. Arnedo intenta detener algo. Esta frente a nosotros, su público. Hay en ese gesto, entonces, algo de aviso, de preocupación, de negativa. Sobre el final también aparece, el track más deforme de un disco contundente, ajustado, bien producido, bien compuesto, es una ironía, otro llamado de atención. En “Tajo C” el grupo se divierte pero al mismo tiempo intenta salirse de la etiqueta de banda radial, masiva, integrada al sistema. Y desde luego, para los que lo entienden, para los que entienden su humor, el tema se convierte en un hit.

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