viernes, 28 de octubre de 2011

La soledad del militante

Esta es la primera entrega de un especial colectivo sobre discos de 1991, un año definitivo para muchos de nosotros, en el que escribirán músicos, escritores, críticos, fans, etc. y que iremos posteando hasta fin de año. Ahora los dejamos con un conmovedor texto del escritor Maximiliano Barrientos sobre el disco Ácido Argentino de la legendaria banda argentina Hermética y sobre ese año capicúa en el que muchos de nosotros estábamos formateando nuestra identidad. Que lo disfruten.

Por Maximiliano Barrientos

El suicidio de Kurt Cobain quedó eclipsado por un acontecimiento que marcó a fuego ese año: el concierto de Hermética en Santa Cruz. Eso era lo único que teníamos en la cabeza, las canciones de la banda argentina eran el paisaje de fondo donde transcurría la adolescencia. No había libros ni cine, aún faltaba buenos años para que llegaran. Sólo estaba la rabia y esos cuatro discos que nos proveía de cierta valentía, de cierto sentimiento de pertenecía. Nos convertía en militantes, y eso era el único lazo que buscábamos entonces.

A los catorce años no entendíamos del todo las letras de Ricardo Iorio, líder de Hermética, y una especie de profeta loco y nacionalista que ahora es justamente reconocido como uno de los pilares del rock argentino. No las entendíamos completamente, pero adorábamos la electricidad que inyectaban. Cantábamos a gritos cosas como “Mata el miedo que guarda el animal”. O “La gente ya fue,/duerme junto a la TV./El digestivo incendio es su Dios”. Nos encerrábamos en casa para darle volumen a sus discos y para apagar la televisión. Nos encerrábamos para conocer lo que había en las calles, donde latía la realidad. Hermética, para los que entonces le habíamos dado la espalda al grunge y nos vestíamos de negro, era una forma de no ablandarse.

Muchos años después busqué en la música una exploración en torno a la vulnerabilidad, lo opuesto a lo que insinuaba la sensibilidad de Iorio. Quizás la banda más importante de la primera década de la veintena haya sido The Smiths. Mientras que Iorio era un fanático que se estrellaba contra todos, un cronista de las pesadillas de los suburbios bonaerenses que hacía de la dureza la realización de un ideal, Morrissey se iba a romper en cualquier momento, y sus canciones contaban historias de corazones confundidos que preferían el vértigo de estar siempre en fuga a la seguridad de volver a un hogar, ya que este había desaparecido. A los catorce años esa fragilidad nos hubiera asesinado. Necesitábamos que nos sacaran de la cabeza, que nos arrojaran al mundo. Necesitábamos ruido, estar conectados por el ruido, y ahí estaban las letras de Iorio, toda una apología de la valentía del militante, de su soledad hermosa y rebelde, camuflada de crítica social y sazonada con cierto aire místico.

En el 91, el mismo año de Nevermind, apareció el tercer disco de Hermética: Ácido argentino. Un conocido que cantaba en una banda de covers lo contrabandeó en el colegio. Vendía el casete con una fotocopia borrosa donde apenas se podía distinguir la portada. El disco repite algunas obsesiones de Iorio y contiene un par de himnos generacionales. Canciones como “Gil trabajador”, que abre con estos disparos: “El tormento del vino artificial y su atmósfera parrillera/anestesian la conciencia común”, y sigue con una radiografía de la clase trabajadora anclada en una tierra de nadie burlada por los bufones que habitan los extremos y que se encargan del control: el policía y el ladrón. Gente que vive en un afuera total, donde no se tiene ley pero sí amigos, tema frecuente —y ancla salvadora— en el imaginario de Iorio. Volverá a ellos en “Evitando el ablande”, “Atravesando todo límite”, “Traición” y “Desde la esquina”, tal vez la mejor canción sobre los ritos callejeros de chicos reunidos alrededor de una cerveza. Otro himno es “En las calles de Liniers”, el primer contacto que tuve con el realismo sucio. La crónica dura, despiadada, de un día en la vida de ese barrio contada en tono alucinado. “Y la imberbe horda humana que desciende de los trenes, /desesperada y alocada/Contamina mi cabeza y busco amarlos como sea/para no volver jamás”. O: Ellas también gozan mostrándose inocentes, /son arpías, esclavas del televisor, /Viven pensando en lo externo, son adictas a la vida/buscan billetes y pasión, donde se muestra, más que en cualquier otra parte, la misoginia de Iorio. Una canción brutal sobre cómo sentirte extraterrestre en el sitio donde naciste. Tiene ese tono profético, demente, que hace pensar en el fin del mundo y que parece ser la hermana gemela de “Desde el oeste”, tema sórdido, apocalíptico, incluido en su primer disco, uno de los puntos más altos alcanzado por la banda. Himnos como “Del camionero”, una canción sobre pasar la vida en la ruta, anestesiado con sueños sencillos, con amaneceres en sitios remotos. Siempre en movimiento. Sin pertenecer a ninguna parte.

El 94, el año en el que Cobain se abrió la cabeza con un tiro de escopeta, fui al concierto de Hermética con un amigo que unos años más tarde murió en un accidente de moto. Los trajo el productor del programa de radio FM Rock, un rufián que tenía una extendida fama de embustero. Circulaban flayers denunciando las estafas cometidas a un montón de bandas, lo que hacía pensar que el recital nunca se realizaría, pero en contra de todo pronóstico sucedió en septiembre, en un local pequeño que quedaba a unas cuadras de mi casa y que se solía alquilar para fiestas de quince años. Hermética tocó ante un público de 200 personas luego de haber llenado un año atrás el estadio de Obras con 5.000 espectadores, y de convertirse poco a poco en una leyenda viviente de la música underground. Recuerdo que Iorio estaba ido de coca, cubierto de sudor, y que cuando intentaba cantar la primera parte de “Del camionero” la corriente le quemaba la boca y lo ponía histérico. Puteaba y agarraba a patadas al micrófono bajo la mirada sorprendida y avergonzada de sus compañeros. Pudo haber muerto entonces, pero el loco tuvo suerte y zafó.

La magia de Hermética se debió al cruce de las obsesiones de Iorio con la rara voz de Claudio O´Connor, que raspaba desde adentro y arrasaba con todo a su paso, corría como fuego en la paja seca. A esa mezcla hay que sumarle la violencia de la guitarra de Antonio Romano. Ese mismo año, meses después del recital en Santa Cruz, Iorio disolvió a la banda. Polémico y sectario, siempre acelerado en su cabeza, difícil y paranoico, creyó que sus compañeros lo habían traicionado y puso fin a un proyecto iniciado en el 87 que empezaba a constituirse en la voz de una generación.

En 2010 Iorio fue tapa de la Rolling Stone luego de una década de silencio, luego de pasar por uno de los periodos más críticos de su vida. En 2001 se le acusó de antisemita estuvo a punto de comparecer en un jurado porque soltó el disparate de que los judíos no deberían cantar el himno argentino. Cuatro años más tarde su mujer se suicidó por razones que aún no son claras. En esa entrevista, cuando fue tapa de la emblemática revista rockera, apareció envejecido, ermitaño, excéntrico, como si su cuerpo padeciera descargas continuas de electricidad. Dueño de una honestidad que conmueve y molesta al mismo tiempo, dijo esto: “Mirá, pueden haber millones de personas viviendo a mi lado o yo estar solo, pero la paz está en uno. Yo vivo acá en el medio de la nada y no tengo paz, no tengo ninguna puta paz”. Era hijo de un verdulero. Vendía papas en el Abasto y buena parte de su vida la pasó entre locos y gente humilde. De ahí salieron esas canciones de proletario alucinado que eran el motor de nuestra adolescencia, cuando ningún amigo había muerto o enfermado del hígado, y pasábamos las tardes lejos de casa, soñando otro tipo de refugios.

martes, 16 de agosto de 2011

Entrevista a Fabián Casas en Fondo Negro

Luego de la resaca de ese triste evento filisteo que fue la Feria del Libro de La Paz, que el mismo Jesús hubiera desarmado a palos, los dejamos con esta genial entrevista, que le hizo Sebastián Antezana en el último Fondo Negro, a Fabián Casas sobre la publicación de Los Lemmings y otros en estos parajes andino-amazónicos.

Por Sebastián Antezana

El pasado viernes fue la presentación de Los lemmings y otros… y aunque Casas no pudo estar presente, el suyo es, con seguridad, uno de los mejores libros que se ofrecieron en la Feria que hoy termina. A continuación, a manera de destacarlo, una breve e informal entrevista que Fondo Negro consiguió con su autor, vía correo electrónico.

- Eres narrador y también poeta. ¿Cómo viene la decisión de escribir verso o prosa? ¿Hay temas que sean privilegio exclusivo de alguno de los dos?

- No me preocupan mucho los géneros. En realidad me gustan los transgéneros, lo que se mezcla, se cruza se invade. A veces empiezo a escuchar una musiquita y lo que llega tiene una respiración más larga , entonces es prosa. si es más corta es verso.

- La narrativa y la poesía que escribes ¿se inscribe dentro del cuerpo de la literatura que te gusta leer? Y, en esa línea, ¿clasificarías a tus lecturas regulares como afines a tu escritura, o se trata de cosas distintas?

- Yo pienso que un escritor tiene que ir siempre en contra de su habilidad. eso implica que después de los años de formación, para que tu prosa siga viva y en peligro, hay que leer de estéticas muy diferentes a las que uno trabaja, para ampliar la paleta de colores.

- Leí –o escuché– que alguna vez dijiste que Schopenhauer era una de tus lecturas de cabecera. Por otra parte, por lo menos tu prosa parece querer explorar una realidad absolutamente cotidiana. ¿Están peleadas o hermanadas una y la otra? ¿Hasta qué punto la filosofía viene a ser un sinónimo de “alta cultura”? Y, quizás más importante, ¿hay algo así como una filosofía de la cotidianidad (de barrio, diría alguno) que motive tu escritura?

- Para mí no existe la alta cultura. Pensarte dentro de la filosofía te impide pensar, pensarte dentro de la literatura te impide escribir.

- Fogwill, entre otros parece ser una influencia importante para ti. Es personaje de alguno de tus cuentos y otro está dedicado a él ¿Qué pasó cuando supiste que había muerto? ¿Cambió algo en tu escritura?

- Extraño mucho a Fogwill. Pero no su escritura, su persona, su voz, su mal humor, su risa, esas cosas.

- ¿Por qué te decidiste a publicar Los lemmings y otros en Bolivia?

- Porque el editor que me lo publica, Barrientos, es un crack absoluto. Y porque pasé unos meses geniales en mi veintena durmiendo por las calles de La Paz y Oruro. Porque creo que hay que demostrar que se puede publicar en la altura.

- El libro parece marcar cuento a cuento una especie de recorrido vital de la voz narrativa. ¿Hubo alguna intención de diseñar las coordenadas de una educación sentimental que refleje tu biografía?

- No, no hubo intención. Como decía Borges, la posibilidad de tener en claro ciertas cosas puede detener las operaciones estéticas.

- Diría que, en cuestión de narrativa, es tal vez un mecanismo de rememoración de ciertas anécdotas el que hace de motor de mucha de tu escritura. ¿Estás de acuerdo? ¿Hasta qué punto la cotidianidad es material de la ficción?

- No tengo imaginación. Trabajo con impotencia e ignorancia. estoy encerrado con un solo juguete y trato de sacarle agua a las piedras.

- Me comentaste que en algún momento de la vida caíste por La Paz. Leila Guerriero, por su parte, cuenta que esto sucedió al final de una viaje larguísimo y accidentado que comenzaste con Canadá como meta. ¿Cómo fue tu experiencia en La Paz? ¿Cómo llegaste por acá?

- Viajaba con amigos de la facultad para imitar el viaje del Che, pero sin que muriera nadie. y cuando volvía del amazonas entré de nuevo en Bolivia y me quedé varado en La Paz, viviendo de lo que me daba la gente, que fue muy generosa. Ahí aprendí que el confort te debilita.

- ¿Qué libros, qué autores te traen a la memoria algo de lo que viviste acá?

- Me robé de una librería un libro de Cioran que se llama Miseria de la filosofía o algo así, y lo iba leyendo por las calles.

- ¿De qué va Breves apuntes de autoayuda?

- Son breves ensayos al tuntún sobre cine, música y literatura. Y algo de política también.

sábado, 30 de julio de 2011

Mar con soroche 24

Ha salido a la luz el n.º 24 de la revista de poesía Mar con soroche
Una de las novedades de este número es su salto a la marea virtual a través de su remozada versión digital, que se puede degustar en http://intemperie.cl/soroche — además de la tradicional edición impresa (con un tiraje limitado) que llegará pronto a librerías bolivianas y chilenas.

La segunda sorpresa es el dossier Mar para Bolivia, que reúne 30 textos de ficción o casi-ficción (poemas, cuentos, ensayos, fotografías), enviados por escritores latinoamericanos y españoles como respuesta a una convocatoria que lanzó la revista en marzo y que invitaba a “hacer algo” con la susodicha frase. ¿Qué hacer pues con Mar para Bolivia? Respuestas de José Kozer, Gabriel Chávez, Elvira Hernández, Giovanna Rivero, Cé Mendizábal, Lupe Cajías, Gary Daher, Octavio Armand, Anabel Gutiérrez, Guillermo Daghero, Bartomeu Ferrando, Jorge Kanese, Emma Villazón y Andrés Ajens, entre otras escritoras y escritores.
También destacan un dossier dedicado al poeta español Felipe Boso, de tendencia concretista, y quien fuera traductor de uno de los libros primordiales de Paul Celan, Cambio de aliento, y un texto del ensayista alemán, Werner Hamacher, acerca del sentido del comprender en juego en la escritura: Comprensión detraída.
Quienes estuvieran interesados en comprar ejemplares de la revista impresa pueden escribir a marconsoroche@gmail.com.

jueves, 23 de junio de 2011

La disolución del yo y el boedismo zen

Cuando en el año 2007 descubrimos este libro, volviéndonos acérrimos fans, acá en El Cuervo ni se nos ocurría que algún día lo publicaríamos para deleite de las ávidas masas lectoras bolis (y de Perú y Chile). Los Lemmings y otros ha sido publicado por Santiago Arcos (Argentina) y por Alpha Decay (España) y ahora por El Cuervo. Los Lemmings y otros de Fabián Casas es de esos libros que dejan huella en el lector, uno de esos libros que suscitan modestos pero leales cultos. Acá reproducimos, sin permiso pero con la mejor onda, la primera reseña en Bolivia sobre nuestro octavo lanzamiento. Agradecemos a Andrés Laguna y a La Ramona, donde fue originalmente publicada hace unos días.

Diseño: Leandro Escobar (www.lepopurri.com.ar)

por Andrés Laguna

En la presentación en Barcelona de Los lemmings y otros, Fabián Casas afirmó que salta a la vista cuando el autor de un texto suele leer poesía. Para el autor argentino no todo lo que está escrito en verso lo es, en cambio, obras narrativas como La montaña mágica contienen el gesto poético que supone esencial en todo texto. En la breve y bella compilación de relatos, que acaba de ser publicada en Bolivia por la cada vez más apreciable editorial El Cuervo, se deja ver con claridad que Casas es un gran lector de poesía. Y, por cierto, también se hace evidente que la escribe. No es gratuito que varias veces haya afirmado que sólo escribe poesía en diferentes formas, en diferentes soportes. Supongo que es incuestionable, su narrativa y sus ensayos son tan depurados, contundentes, profundos, tienen un lenguaje tan ajustado al discurso del texto, que son piezas de una gran y notable obra poética.


Los lemmings y otros está compuesto por una serie de relatos que suceden en el barrio porteño de Boedo, protagonizados por un puñado de personajes inolvidables, ambientados en un tiempo pasado que no necesariamente fue mejor pero que indudablemente es imborrable. La intensidad y la verosimilitud de las voces que protagonizan los textos, el compromiso que tienen con las historias que se le develan al lector, hacen que nos sintamos tentados de creer que el libro no es más que una breve colección de memorias, de extraordinarias historias autobiográficas. Pero, poco importa si Casas vivió lo que nos cuenta, poco importa si se inventó un alterego que aguante mejor que él las aventuras y las desventuras literarias, poco importa si esto no es más que una transcripción de las peripecias de sus conocidos. Lo que hace a Los lemmings y otros un libro que vale la pena leer es la aproximación a los temas y a los argumentos que se relatan. En manos de un autor con menos talento, estas historias no hubiesen sido otra cosa más que ese tradicionalismo porteño burdo, que suele camuflarse como buena literatura. Casas es un autor sensible, con influencias e intereses diversos, que tiene una curiosa relación con la vida, el cosmos y la literatura. Así como es evidente que lee poesía –por el tratamiento del lenguaje, por la precisión con las palabras-, también se nota la importancia que tiene el pensamiento filosófico en su obra. No sólo por las constantes y entretenidas referencias a autores como Schopenhauer o Wittgenstein. Por esas extrañas coincidencias de la vida, desde Boedo, Casas se relacionó con el budismo zen –se sabe que es un tipo que practica muy seriamente el karate y la arquería, entre otras disciplinas orientales-. Eso ha sido determinante para su obra y para su forma de escribir. En la presentación mencionada, Casas aseguró algo que ya había leído en varias entrevistas, que cuando escribe busca que su voz se diluya para que las voces de los personajes crezcan, para que se apropien del texto. Si el zen reza que se debe caminar sin dejar huella, en la literatura de Casas aparentemente el ideal fundamental es que el autor escriba sin dejar huellas. Es decir, no debe ser más que un intermediario entre el lenguaje y los personajes que adquieren una vida propia, una voz propia. Ese es uno de los enormes puntos fuertes de los relatos incluidos en Los lemmings y otros, la voz de Fabián Casas se diluye en la de Andrés Stella, en la de Máximo Disfrute o en la del japonés Uzu. Tal vez la literatura para Casas no es otra cosa que le disolución del yo, del ego, para así dar paso a la creación pura, que aunque se alimenta de recuerdos, de relatos ajenos o de la realidad asimilada, permite que otros personajes adquieran vida propia y protagonicen su propio mundo, sus propias vidas, su singularidad. La literatura para Casas tal vez es la conexión con la creación misma, con lo trascendental, es la desaparición absoluta del ego del autor, de ese yo que corrompe la literatura, es el someterse ante la enormidad de la obra. Supongo que justamente por eso en uno de los relatos más notables del volumen, el que recuerdo con mayor intensidad, titulado “Asterix, el encargado”, todo un conjunto de situaciones bizarras y de personajes entrañables, se ponen al servicio de la narración del satori –la iluminación budista- que tiene el narrador. Cuando está viviendo una de las mayores crisis de su vida, está deprimido, no tiene trabajo, su chica lo acaba de dejar, su gato ha desaparecido, gracias al encargado, al portero de su edificio, se adentra en el barrio boliviano, se somete a una suerte de Tinku y justo cuando pierde la individualidad, cuando se hace invisible, encuentra su lugar en el mundo.

Los lemmings y otros es una obra que está llena de momentos cómicos, frustrantes, dramáticos, patéticos, enternecedores, entre otros. Como toda obra de arte respetable está compuesta de la misma materia de la que está hecha la vida misma. Lo que se agradece es la intermediación de una pluma tan afilada como sensible. Lleno de frescos de la infancia, de la adolescencia, del mundillo literario, del fútbol (jamás se debe olvidar que Casas es un hincha feroz de San Lorenzo), este es un libro breve y contundente. Lejos de ser un haiku, en sus mejores momentos Los lemmings y otros es una especie de seppuku boedista, en el que el corte fino y profundo de la katana de Casas, nos permite recuperar al pasado, nos contamina con nostalgia, nos hace morir con honor y llegar a nuestras profundidades, aunque sin tomarnos muy en serio. Para después poder levantarnos, desempolvarnos y despacio seguir subiendo al Fuji. O intentando conquistar el parque Rivadavia. Y seguir con la vida.

domingo, 29 de mayo de 2011

El Amor según: Lo aleatorio crea vida

En la edición del suplemento Tendencias de hoy se publicó una versión de este texto que el escritor Christian Vera leyó durante la presentación de la novela El amor según de Sebastián Antezana. Nos complace reproducir ahora la versión completa y darle las gracias a Christian por la onda.

por Christian Vera

Es la ausencia el eje sobre el que se sostiene la escritura de esta novela. Y siempre que se escribe sobre la ausencia, se escribe sobre la nada, sobre el vacío, sobre el vértigo, sobre la carencia de verdades o certezas. A continuación les leeré los efectos de sentido que me despertó esta novela, esto con el fin de aproximarlos a la orilla de la novela y esperando a que cada uno de ustedes se avienten como los suicidas más furiosos a esta narración tejida sobre esa angustia que es convivir a diario con la nada, con lo tenue, con el vacío.

Desde las primeras líneas de El amor según surge una trama envolvente, espiral, opresiva, claustrofóbica, laberíntica que apunta tanto a la configuración como al rastrillaje de un alguien ausente. Y para que esto sea posible Sebastián desplaza un juego narrativo donde la quietud, la infinidad de preguntas sin respuesta, la falta de movimiento, el paso lento del tiempo, el silencio, lo absurdo marcan el ritmo. Pero, más allá de la trama que la maquinaria narrativa se encarga de hacer funcionar, en la novela de Sebastián se da una interesante vuelta de tuerca a los lugares comunes de la literatura policiaca, de misterio, del thriller y se produce una narrativa más preocupada por suspender el sentido, por prorrogar la intriga, por oscurecer y ensuciar la trama, por jugar con las palabras como si se tratarán de ecuaciones matemáticas, infinitas, aleatorias.

Pero ya que hablé de la trama vale la pena revisar algunas líneas de esta urdimbre narrativa que compone El amor según. Las cosas en la novela son muy simples, tal vez por eso asustan tanto al lector: Un día Mariana, una fotógrafa y artista, de forma súbita ya no vuelve a casa. Su pareja, un hombre que antes era un policía de nombre Zimmer, no sabe los motivos concretos de su desaparición y esta incertidumbre le despierta una paranoia incontrolable e incurable. Junto con la ayuda de sus suegros Zimmer busca a Mariana de forma incesante, el caso llega a los medios que amplifican la noticia pero esto no sirve de nada. Mientras Zimmer más la busca más se profundiza su extravío y la narración se hunde provocando en el lector esa sensación de nada, de nulidad, de vacío. Como Zimmer no encuentra respuestas concretas opta por el camino más laberíntico que es el de la investigación metafísica, abstracta, teórica, poética, delirante. Una investigación donde la información cosechada proporciona filigranas tan delicadas que se evaporan en la nada sin dejar huella palpable. Un detalle interesante es que así como Mariana ha desaparecido, al mismo tiempo en la novela desaparece la posibilidad de que surja alguna verdad posible, se suspende el sentido, se lo congela, la narración se estanca en un círculo concéntrico, inoperante y las palabras también se estancan junto con el personaje que literalmente queda prisionero en un cuarto donde se depositan los recuerdos y ese juego perverso de recordar. Zimmer al entrar en ese territorio pantanoso recorre la distancia que más próximo lo aventará hacia el desvarío. Y ese desvarío es posible de palpar a lo largo de la narración ya que las palabras, la poesía de la novela, te permiten sentir ese sudor de angustia, de extravío que empapa a Zimmer. Y es desde ese extravío que Zimmer reconstruye de forma maniática todos los hilos que componían las últimas horas de convivencia con la mujer, recuerda los olores, las caricias, el sexo, los besos, las palabras, revisa también todas las circunstancias que acompañaron a la desaparición de su mujer, explora a tal punto en su memoria que se ahonda en las dudas más ásperas que ofrece el amor. Y revisa con tal intensidad estos sucesos que poco a poco tanto en el lector como en la vida del personaje se va instaurando un espiral de delirio, de locura. Sin embargo, esta sensación de ceder a la locura llega a un punto que se potencia con la aparición de posibles pruebas que en apariencia parecen ser más certeras, surgirán en la trama una periodista y un hombre. Pero ellos más que traer pistas y luces sobre la ausencia de la mujer abrirán una ruta que llevará a Zimmer a la desintegración de cualquier posibilidad de verdad, lo aventarán a un espacio donde abunda el chenko que instauran las dudas, el misterio, la imposibilidad.

Quisiera leerles algunos fragmentos de El amor según que me parecen significativos y que como lector me abrieron orificios en el cuerpo. Cito: “¿Cómo encontrar a alguien que no quiere ser encontrado, alguien que ya sólo existe como una falta, como una no presencia? Porque eso es precisamente lo que Mariana se ha vuelto ahora, una no presencia, un espacio vacío, un hueco en la realidad”. Otra cita: “El sufrimiento es, también, una incapacidad de narrarse la propia historia, una forma de anulación de los relatos, una gesta que se levanta contra la memoria, contra la linealidad de los hechos”. Y por último quiero leerles esta cita que me parece pertinente ya que es una aseveración que sostiene todos los afanes que encierra la novela: “Del pasado no se sabe casi nada, es un lugar tenue, borroso, insondable. Lo único que tenemos sobre él son pistas, teorías, fragmentos, interpretaciones. Volver sobre el pasado, ceder a la tentación de leer en el tiempo ido las huellas que explican el actual, es un poco como hacer crítica de la historia, es revisar versiones de sucesos de lo que en realidad no tenemos prueba de que sucedieron. (…) De la misma forma, la lectura del pasados personal será necesariamente la exploración de varias versiones de uno mismo, de varias interpretaciones de la persona que trata de encontrarse, de ver cómo llegó hasta ese punto, de descubrir en el tiempo los momentos definitivos de la constitución del que es hoy, y lo hará siempre, fatalmente a ciegas, velado por un filtro que pluraliza la historia y el recorrido. (…) Comprender del todo algo que ya ha sucedido es esencialmente imposible”.

Hay muchas más cosas que rescatar y subrayar de esta novela pero no quiero agobiarlos con mi lectura, creo que esta noche es mucho más importante escucharlo a Sebastián que a los lectores que andamos voraces de literatura nos ha regalado una novela inquietante y aleatoria y al mismo tiempo muy compleja por todas esas sensaciones asfixiantes que despierta. Por otra parte, es pertinente decirlo: en un contexto de producción literaria tan mediocre resulta un alivio leer una novela que quiere abrir otras posibilidades para hacer ficción. Si me permiten estoy cansado de todas esas novelitas ingenuas que abundan y que venden, me refiero a esas que tienen personajes bien construidos, creíbles, historias interesantes, atrapantes, inteligentes, esas que retratan el habla de la gente, que reverencian a esos personajes marginales, que tienen desenlaces sorprendentes o definitivos. Por suerte, de todo eso escapa El amor según y nos ofrece un objeto literario más extraño, más poético. Creo que la literatura es un arte bajo y algo de eso se encuentra en la novela de Sebastián. Ya que su novela más que parecerse a un libro se asemeja a un reptil que se arrastra, seduce, corroe e inyecta poco a poco su veneno.

Por último, agradezco esta invitación a Fernando Barrientos y quiero felicitarlo públicamente porque arriesgar tu plata imprimiendo literatura, en un contexto como éste, es un gesto heroico, es un gesto de locura y de profundo compromiso con la ficción. Dicen que cuando surgen editoriales con más compromiso con la literatura que con el mercado es ahí donde se potencia la literatura. Nuevamente gracias Fernando por esta hazaña y te felicito por el enorme emprendimiento…

Gracias

domingo, 15 de mayo de 2011

El amor según de Sebastián Antezana

Presentamos nuestro séptimo título, la novela El amor según de Sebastián Antezana (ganador del Premio Nacional de Novela 2008). Los esperamos el viernes 20 de mayo a hrs. 19:30 en la Sala Luis Bazoberry de la Cinemateca, no falten.

Una mujer se ha perdido. Y su marido se hunde en una exploración obsesiva, enumerando los restos del naufragio en busca de una explicación. Eso es todo lo que ocurre en esta segunda novela de Sebastián Antezana, en la que se exploran las relaciones entre artificialidad, mecanicismo y vitalidad, y las consecuencias de empezar a vivir cuando se ha clausurado la ilusión de un posible comienzo.

La peculiaridad del título hace pensar que es el lector quien deberá decidir cómo complementar ese “según” trunco, irresuelto, ambiguo, que enuncia un desafío desde la portada. En esa decisión se juega no sólo una posición de narrador, sino también una novela posible. En El amor según, la circularidad de la trama se abisma en una compulsión grafómana prolijamente sostenida a fuerza de ritmo y estilo.

La fotografía y el enigma policial, ya explorados por Antezana en una novela anterior, reciben aquí un nuevo tipo de tratamiento. Si Perec tramó una novela para narrar la desaparición de una letra, esta inclasificable narración sobre los fragmentos amorosos parece funcionar como alegoría de un dato estridente de la vida contemporánea: la desaparición del lugar central que la novela (la narración, en general) ocupó en la trama social y en la imaginación occidental. Y nos plantea, entre tantos otros, este dilema: ¿si la novela desaparece, quién narrará la pasión? ¿Cómo? ¿Sobre qué rastros?

domingo, 8 de mayo de 2011

Mauricio Murillo: “Internet es esencial para producir narrativa”

En la edición del suplemento Fondo Negro de hoy salió esta entrevista a Mauricio Murillo, a raíz de la reciente presentación de su primera novela Los abismos posibles. Murillo contesta con calma sobre los cruces entre múltiples textualidades, el mar como obsesión/fobia, la influencia de Internet en el presente, el referente geográfico en la literatura, y su opinión sobre la nueva generación de narradores del país. Por cierto, este cuestionario viene con una pregunta extra de bonus track, ya que rebasaba los espacios permitidos en Fondo Negro.

El miércoles 4 en instalaciones de la Cinemateca Boliviana se presentó Los abismos posibles, primera novela de Mauricio Murillo (1982), ganador de la más reciente versión del Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo. Se trata de un texto breve que funciona en varios niveles y en el que interviene una multitud de figuras históricas de todo tipo, con una trama que gira alrededor de “un misterio, a cuyo desciframiento el lector asiste en calidad de testigo”. A propósito de la ocasión, Fondo Negro se entrevistó con el autor.

- En líneas generales, ¿cuál es el argumento de Los abismos posibles?

- Es una novela fragmentaria, con varias historias que se interpolan, así que me es difícil definir un solo argumento. Pero creo que en general se trata del viaje que realiza Tariq, un tangerino, de su natal Tánger a Santoña, en España. Todo esto se mezcla con la obsesión que Tariq tiene con lo profundo y oscuro del mar, además de su afición por la reproducción de un mapa que Juan de la Cosa dibujó en 1500.

- Philip Marlowe, Alf, Natalie Wood, Cristobal Colón y otros forman un grupo de figuras bastante variado y en apariencia aleatorio. ¿Cómo se explica su aparición en una novela corta que habla sobre el mar?

- Creo que las redes simbólicas que se tienden entre estas figuras son muy distintas. Muchas se relacionan desde el azar, el espacio geográfico o la literatura. En todo caso, en la novela la figura de Tariq, sus experiencias y obsesiones, sirven de una suerte de catalizador. No siempre pasa todo por él, pero sí se relaciona al viaje que hace de Tánger a Santoña.

- La fijación de la trama con el mar podría leerse como un gesto particularmente interesante en un escritor boliviano, aunque no se menciona para nada a nuestro país. El mar es en la novela un constante telón de fondo y un elemento que ejerce constantes fascinación y horror. ¿Sería entonces el verdadero escenario de la novela, más allá de algunas ciudades en específico?

- Hasta ahorita que mencionas la relación entre el mar y un escritor boliviano no la había pensado, pero sí, me parece extraño. Pienso que esta relación no pasa por la idea del mar real. Para mí, y en esta novela, la figura del mar se plantea desde distintas imágenes en distintos libros. Ahora, no creo que el mar sea el verdadero escenario, sino eso que dices: un telón de fondo, algo que está comiéndole la cabeza a Tariq; las ciudades, los bares, los barcos, la televisión y otros elementos son parte de ese escenario. Creo que la novela se ramifica en varias direcciones. Ese desorden es tal vez su escenario.

- Las referencias a una serie de literaturas y otras ficciones como el cine y la televisión, la inclusión de figuras de distintos órdenes y cierta preocupación por la geografía cambiante del globo se mezclan aquí con visitas a épocas anteriores, tan dispares como el descubrimiento de América y una post era dorada de Hollywood. Así, es casi imposible dejar pasar la pregunta. ¿Estás de acuerdo con lo que dijo alguna vez Beatriz Sarlo, que desde que existe Wikipedia dejó de existir la erudición?

- Creo que actualmente el Internet es esencial para producir narrativa. La erudición siempre me pareció una postura que necesitaba ser puesta en crisis. La idea de Wikipedia es, por eso, interesante, porque muchos datos que se encuentran en ella son falsos o copiados. Esta enciclopedia virtual tiene un sentido del humor importante, del que, estoy seguro, sus creadores y usuarios no se percatan del todo. Con Internet hemos podido dudar y reírnos más de todo. La imagen del erudito me parece un tanto aburrida y buenísimo que en Wikipedia podamos ver con quién está casado el jugador que más admiramos o la actriz que nos gusta. Muchas veces en literatura se veía a ciertos saberes como inútiles, pero en Internet podemos encontrar por igual las noticias más trascendentales y saber que nunca podremos estornudar con los ojos abiertos. Aunque también hay otro riesgo: hoy cualquiera puede escribir lo que le da la gana, publicar cualquier poema o relato. Esto va a producir muchas horas perdidas.

- ¿Por qué elegir Tánger y Santoña, África y Europa, como escenarios de la novela? Y, a propósito de ello, ¿crees que la falta de referencias bolivianas concretas –temporales, geográficas, etc.- es una constante en la actual narrativa nacional?

- La elección de estas ciudades nació por azar o porque los personajes o hechos históricos me lo exigían. Juan de la Cosa y su portulano me hicieron fijarme en Santoña y Cartagena de Indias. Los espías en Tánger. Lisboa tuvo otras razones. Creo que todo parte del momento de escribir y de lo que uno quiere contar. Por otro lado, la idea de no referirse a Bolivia explícitamente no es solamente contemporánea. En Flor de trópico de Chirveches, Más allá del horizonte de Aguirre Lavayén, Los deshabitados de Quiroga Santa Cruz, algunos cuentos de Cerco de penumbras de Cerruto, Los papeles de Narciso Lima-Achá de Saenz, se describen lugares muy extraños para los bolivianos. Esto no es nuevo. Además creo que ahora, por el Internet, la televisión, el cine y demás, nos es más fácil hablar del mundo. Pero también creo que en estos libros que nombro y en los actuales que no dan referencias directas del entorno, se pueden reconocer ciertos guiños y gestos que hablan de Bolivia. Yo estoy seguro que existen en mi novela y que pueden dejar entrever a un escritor paceño. Ahora, también creo que grandes escritores actuales bolivianos escriben muy pegados a su realidad geográfica y social, y producen grandes novelas. Por ejemplo, Juan Pablo Piñeiro y Wilmer Urrelo.

- ¿Cómo ves tu obra respecto a otras actuales? Y, en líneas generales, ¿crees que puede hablarse de algunos temas comunes en escritores de la joven literatura boliviana, o más bien sería éste un momento de diáspora, un tiempo en que cada escritor sigue un camino autónomo?

- Pucha, es una pregunta un poco difícil. No sé, hay escritores de narrativa actuales que me gustan mucho (Barrientos, Hasbún, Colanzi, Antezana, Ruiz, Piñeiro, Urrelo), pero no sé como clasificarme frente a ellos. Hay varios lugares comunes, pero no podría yo ahora describirlos. Creo que con algunos me acerca más el humor y con otros la importancia del intertexto y la parodia, pero habría que esperar a que un crítico se dedique a esto.

jueves, 5 de mayo de 2011

Peligrosos abismos, peligrosas obsesiones

En la presentación de Los abismos posibles de Mauricio Murillo, realizada en la Cinemateca, Wilmer Urrelo leyó este texto inteligente e hilarante ante miradas atónitas, comentarios susurrados y risas cómplices. Queremos compartirlo con ustedes para que se diviertan como nosotros esa noche memorable.

Foto vía Página 7

por Wilmer Urrelo

Voy a comenzar esta presentación con una anécdota personal, o más bien, con una anécdota personalísima. Resulta que hace unos años atrás pude ver un documental que versaba sobre el cáncer testicular. Fue horroroso. Imágenes que prefiero no recordar y que es mejor no describirlas. Y desde ese día, el que habla tiene una obsesión más: el cáncer en las pelotas. De manera que venciendo la timidez y el recato propio de los paceños y de los hombres ante un tema tan delicado (seamos sinceros: nuestras pelotas, no el cáncer) es que acudo con cierta frecuencia a un especialista para que me dé la mala o la buena noticia. Si bien antes hay una revisión previa de mi parte siempre que espero ante la puerta del consultorio y cuando estoy con los pantalones en las rodillas y mi médico juega (es un decir) con mis huevos para constatar si ahí hay o no algún «bultito extraño», como les gusta a los galenos referirse a los tumores, tengo la sensación de caminar cerca del abismo.

Una imagen similar (es también un decir) me ocurrió cuando comencé a leer Los abismos posibles. En esta novela hay una gran obsesión, la cual es vista a través de su protagonista, Tariq Usuriaga. Sí, una obsesión y, además, habría que agregar, un miedo. Tariq vive en una ciudad. Y esa obsesión es el mar, o mejor dicho: es el fondo del mar y todo lo que viene con él. Los mapas. La gente que se ahoga. Las embarcaciones. Los capitanes. Tariq escribe en alguna parte de la novela y cito: «Me obsesionan estos mapas perdidos. Todo lo que los rodea, y los mapas en sí…». Este magnífico libro es como un espejo al que apuntamos una linterna encendida: el reflejo producido no va hacia una sola dirección, sino que se dispersa por varias. De igual manera pasa con la novela de Mauricio: el mar y sus consecuencias son inabarcables, son enormes, como cuando pienso en qué pasaría (toco madera) si un día aparece el mentando «bultito»: las consecuencias morales, físicas, e incluso literarias que eso podría acarrear. Pero en fin, la cosa es que Tariq decide hacer algo con esa obsesión, decide ir en busca de ella y como pasa con el Ismael de Moby Dick ese llamado es mucho más fuerte que cualquier otra cosa. «En el mar, en el fondo, en el abismo de su oscuridad. Había algo que lo llamaba. En un principio la oscuridad era aislada y subrepticia, luego empezó a vivificarse y aumentó su presencia». Pues bueno, esa presencia casi obliga al protagonista a hacerse a la mar y con ese acto empiezan a llegarle las historias que siempre ocurren en los viajes: un misterioso y atemorizante capitán, la sombra perenne de Juan de la Cosa, Natalie Wood y su terror al agua e incluso Alf, sí, ese extraterrestre que vimos en la tele en la década pasada, es parte de este extraño tejido.

En este momento, al llegar a este punto de la lectura me hacía las siguientes preguntas: ¿es ése el fondo del mar?, ¿el fondo del mar son en realidad los miedos y las historias con las que se encuentra Tariq a lo largo de su recorrido? Yo pienso que sí, pues al fin y al cabo parece que para el autor todo está en el mar o que todo el mundo de la novela se explica a través de él. El ingreso a las ciudades, la modernidad, el cine, las epidemias, las invasiones piratas, la literatura, la poesía, el encuentro con un escritor: los libros de éste e incluso su propia muerte nos dirigen de manera ineludible hacia el fondo del mar.

Si el fondo del mar es así, entonces hay que verlo o por lo menos retener su imagen, sin embargo hacer eso es como el miedo a esa enfermedad, será para su protagonista como si el dichoso «bultito» se apoderase de él. Cito: «Tariq caminaba a la deriva. No sabía qué hacer. Sentía esa oscuridad que le perforaba la nuca, que lo seguía, el fondo del mar que lo observaba, aguas negras que lo humedecían sin lograrlo».

Las obsesiones, y por lo tanto el miedo, son peligrosas hasta que se hacen reales, hasta que te tocan de alguna manera, hasta que aparece el famoso «bultito» en una de tus bolas: ¿cómo creen que Tariq las paga? Esa no es otra historia, esa es la historia y que no voy a contarles porque tienen que leerla. Lo único que puedo decirles por el momento es que las obsesiones, amigas y amigos, suelen pagarse tarde o temprano.