viernes, 10 de septiembre de 2010

“En Rusia sólo los idiotas sonríen sin motivo”

Este texto (el más reciente de las múltiples reseñas, comentarios y entrevistas que ha suscitado el libro Vacaciones permanentes de Liliana Colanzi) fue leído por el crítico Benjamín Santiesteban (lector lúcido y generoso) y en la presentación en Cochabamba en el Centro Simón I. Patiño. Una lectura minuciosa y profunda (que avanza apoyándose en diversos enfoques de interpretación) que analiza, entre otros detalles, el estilo como metáfora social y las relaciones forma/contenido.

por Benjamin Santisteban

Ese año sucedieron muchas cosas. McDonald’s abrió el primer restaurante en el país y la gente acampó en la puerta del local desde las dos de la mañana. Una mujer y su hijo de ocho años se convirtieron en los primeros clientes en probar una cheeseburger. Era imposible pasar por la rotonda de El Cristo sin quedar atrapado en un tráfico espantoso: todo el mundo hacía fila para ser atendido en el autoservicio (13).

Con esta observación clara, que se ayuda formalmente con una repetición casi imperceptible, un adjetivo —que inmediatamente se disuelve en un epíteto habitual, invisible— y una hipérbole —tan socializada que ya no pasa por tropo—, comienza Vacaciones permanentes y comienza “1997”, el primer relato de este libro, asentando una forma de escritura que parece tener la función de “retrouver ce contact naïf avec le monde” (reencontrar ese contacto inocente con el mundo), en palabras de Merleau-Ponty.[1] La deliberada sustracción del lenguaje figurado ofrecería la ocasión para una inmediatez que entregue el mundo no adulterado por una densa retórica literaria, ese mundo cotidiano que uno vive en un lenguaje simple.

A pesar de su simplicidad, esta forma de escritura no es simplemente simple. Como es muy bien sabido por las morosas experiencias de Camus y Hemingway, dos entre muchos, la escritura donde el lenguaje literario no llama la atención a sí mismo es la forma que requiere más trabajo y disciplina. Pero, inicialmente, no es esta morosidad —a la cual habrá que retornar necesariamente— la que expulsa la simple simplicidad. La observación define de manera irreversible las características del texto y de sus personajes; se constituye en la puerta de entrada a una composición compleja, donde la simplicidad del lenguaje hace de contrapunto a la lobreguez del tema, el cual se preanuncia en seguida, casi inadvertidamente, en las oraciones del primer párrafo ya citado, rompiendo la objetividad de la descripción e imponiendo la perspectiva subjetiva:

Andrés y yo llegamos tarde al colegio tres días seguidos pese a las maniobras de Segundo, el chofer, por evitar la congestión (13).

Quien habla es el personaje principal, Analía. Ella no tiene en ningún momento la intención de realizar una representación económico-política de su sociedad; tampoco una velada contextualización que situaría el argumento venidero en un tiempo y lugar determinados, a fin de fomentar una lectura sociológica o política del tema, la que resultaría siempre una engañosa unilateralidad. Se podría afirmar que la intención de Analía al hacer la observación no es su intención; que similares instancias la sobrepasan, resaltando infatigablemente en los otros seis relatos del libro. En ésas la focalización no es de personaje en primera o tercera persona, sino externa y ya no es Analía la que hace directamente la experiencia de los hechos que estructuran el tema lóbrego.[2]

Empero, en contra de una presentación de Vacaciones permanentes dentro de parámetros más psicológicos o subjetivos, y a favor de una lectura que consideraría que la causa de los hechos y del tema es el cambio socio-político, se podría argumentar que desde el inicio, desde el título mismo del primer relato, “1997”, se incrusta una fecha clave para la transformación de las estructuras político-económicas por la fuerza de la Globalización. La descripción de la apertura de un McDonald’s y el congestionamiento que ocasiona en el tráfico podría ser interpretada como un signo inconfundible de la alienación tercermundista, de las ostentosas venias zalameras ante la llegada de una potencia transnacional, el colmo del postcolonialismo. Sin embargo, la descripción puede ser apenas una estrategia para fabricar el efecto de realidad, carente de la intención política. Contiene algo de lo que Barthes llama —quizá muy apresuradamente— los “detalles inútiles”, que los relatos occidentales inevitablemente poseen.[3] Los datos respecto a que una “mujer y su hijo de ocho años se convirtieron en los primeros clientes en probar una cheeseburger” parecen no tener propósito alguno desde la perspectiva estructural, sea ésta identificada como psicológica —el descenso hacia una inanición espiritual, paralizante— o como socio-política —la inacción e indecisión como modo anárquico de acción—. El detalle no contribuye ni al suspenso ni al carácter de los personajes, mucho menos al sentido simbólico. Su contingencia es tal que puede ser remplazado sin que altere en nada el tema o el argumento de Vacaciones permanentes. Pudo haber sido un abuelo y su nieta los primeros en probar la mejor muestra de la “junk food” norteamericana; o dos adolescentes con “cara de pizza” (43), resultado del exceso de tal tipo de comida. De cualquier modo, la historia tormentosa de Analía en nada cambiaría. La inutilidad y la contingencia de ese detalle se asemejan a la sonrisa del idiota en Rusia: sin motivo (87).

Otro caso ejemplar es aquella descripción del momento en que Analía, acompañada del muchacho que la ama y al cual ella no ama, debe abandonar una clínica donde se le ha extirpado el feto engendrado con el muchacho ausente que no la ama, pero a quien ella sí ama inútilmente, sin correspondencia:

El sol se filtraba por las persianas polvorientas, era casi mediodía. Afuera, en la calle, un auto pasó a toda velocidad. Las paredes de la habitación temblaron con la estela del ruido y la música.

Vámonos, dijo Analía (75).

Tanto desamor en el amor… y de por medio los detalles inútiles (los gestos y los objetos insignificantes, las actitudes transitorias…). Según Barthes, ésos llegan a tener un significado precisamente por estar desprovistos de significado. En la ideología occidental prevalente se da una “gran oposición mítica” entre la realidad misma —lo vivido— y el significado lingüístico, el significado que construye el sentido y la inteligibilidad del texto literario. Así, lo vivido resultaría siempre refractario a lo lingüístico-literario; una brecha se abriría entre la vida y la literatura. Para significar, los detalles insignificantes se constituyen mediante la asociación directa de un significante con un referente, una asociación pactada en contra del significado, el cual es expulsado del signo. Éste se conforma ahora sólo del significante —el detalle en el texto— y el referente —aquello a lo que el detalle se refiere en la realidad—. En esta referencia directa los detalles parecen denotar directamente y decir: “nosotros somos lo real”. Desde luego, “en el momento mismo en que se considera que estos detalles denotan directamente lo real”, sin pasar por el significado del texto, por su tema o trama, “no hacen otra cosa que significar” lo real. En ese mínimo intersticio, que apenas se abre para cerrarse, entre la expulsión y el retorno del significado, se produce “l’effect de réel” (el efecto de realidad), el cual es una fabricación y no la realidad misma. Se significa así la categoría de lo real, no sus contenidos contingentes.[4]

Sin embargo, en Vacaciones permanentes los detalles insignificantes no sólo tienen la función de producir el efecto de realidad. En su retorno ya significativo, como categoría, tienen la función adicional de desactivar el pathos temático o argumental. Una muestra involucra a la confesión de embarazo que hace Analía al muchacho que la ama y que ella no ama, luego de una maratón alcohólica:

Sentada en la acera con la cabeza hundida entre las piernas, Analía vomitaba. Su cabello, en desorden y caído sobre el rostro, parecía un pequeño incendio en medio de la calle desierta. Amanecía y el viento arrastraba la basura en remolinos. Un perro callejero meó en la puerta del hotel Amazonas. Nico daba vueltas por la calle y regresaba a patear la acera, furioso, a pocos pasos de Analía (62).

La fuerza emotiva tanto de la desolación embriagada de Analía como la de la rabia despechada de Nico desciende a la mera cotidianidad, a la realidad prosaica de la actividad mingitoria de un perro. Otro ejemplo involucra a Elina, la futura compañera de trabajo de Analía en el Reino Unido, y su doloroso abandono de Tallin, su ciudad natal:

El día que me fui de Estonia mamá no pudo ir a despedirme. Estaba trabajando. Abracé a Talgat en la puerta de la casa. Le dije que todo iba a salir bien. Era diciembre y Tallin estaba cubierta por una gruesa capa de nieve. Natasha subió conmigo al taxi. La ciudad tenía el aire fantasmal que siempre asocio con mi infancia. El taxista encendió la radio.

Me apoyé en el cristal de la ventanilla y me eché a llorar (127-28).

El conglomerado de emociones que ocasiona el tener que abandonar al hermano vulnerable (Talgat) y la ausencia del abrazo materno en la despedida final, todo esto consolidado por un paisaje tétrico, quiebra su intensidad dramática en ese simple acto de un taxista encendiendo la radio.

La yuxtaposición de estos actos ordinarios están registrados por focalizaciones diferentes; el primero por una focalización externa, por una voz anónima, situada fuera del texto; el segundo por una focalización de personaje, interna, en primera persona, la voz de Elina. Sin embargo, en ambos casos la yuxtaposición universaliza la escena. En todas partes hay perros meando en puertas y todos han sido testigos alguna vez del chofer prendiendo la radio al abordar un taxi. Ambos actos dejan constancia afónica de que las tragedias familiares ocurren tanto en Tallin como en Santa Cruz. Por supuesto, la universalización es una función de la desactivación del pathos, la cual minimiza lo extraordinario y singular al situarlo con hechos que ocurren también en otros tiempos y otras latitudes.

La asombrosa sencillez del lenguaje de Vacaciones permanentes, su belleza e intensidad muda, esa aparente calma que recorre con una consistencia impecable desde la primera hasta la última página, tiene precisamente su fundamento en esta desactivación. Porque la yuxtaposición debe obedecer a un imperativo peculiar para tener la eficacia con que cuenta indudablemente en esta obra. Los detalles “insignificativos”, pero tan significativos a la postre, no pueden en ningún momento opacar a los datos que sí son significativos para el argumento y el tema; deben asentar la categoría de lo real y desactivar el pathos sin llamar la atención a sí mismos. De lo contrario, sobresaldrían e inclinarían a la obra hacia la ilusión del realismo decimonónico y acallarían las focalizaciones internas, de personaje, la perspectiva subjetiva. A fin de evitar esta parcialidad, todo el lenguaje de Vacaciones permanentes está duramente trabajado para que el decir y el mostrar con palabras combinen con la yuxtaposición de los detalles, de modo que éstos no se sobrepongan, pero tampoco se releguen, lo que también sería una manera de llamar la atención sobre ellos. Su pasar desapercibidos implica su mimetización formal. La focalización de personaje en primera persona —el habla simple de Analía o de Elina— o la de personaje en tercera persona, que son los modos de focalización que imperan, se hallan al mismo nivel lingüístico de la focalización externa e indiferenciada. De esta manera, Vacaciones permanentes se incluye en la flaubertización de la escritura literaria. Muy pocas obras bolivianas pueden jactarse de que no les falte ni les sobre una palabra. Vacaciones permanentes sí puede hacerlo; cada una de sus palabras es “le mot juste” (la palabra justa), en la sentencia famosa de Flaubert. En ella queda la huella precisa del duro trabajo de la reescritura. En cuanto obra literaria, su forma se presenta como el producto de una dura y disciplinada fabricación, un “artesanado del estilo” que requiere igual o más trabajo que el que requiere fabricar una joya.[5]

Pero es con esta huella que la fuerza del contenido podría anularse desde una lectura exclusivamente política. Si la simplicidad formal resulta un contrapunto frente al tema lóbregamente trágico, la huella formal del trabajo duro coincidiría, por el contrario, con el tema y anularía tal contrapunto, del que emana el sentimiento de belleza. Cabe, entonces, unas preguntas: ¿no se escondería en la forma cincelada por el trabajo duro una ideología que contradeciría la crítica que presenta el tema, imposibilitando el “reencontrar ese contacto inocente con el mundo” o, por lo menos, haciéndolo engañoso? ¿No se alía aquí, a través del trabajo duro, la simplicidad del lenguaje con la Globalización en la literatura, de donde se implanta la demanda de escribir en un lenguaje simple, sin sociolectos ni idiolectos que entorpezcan la venta a través de las fronteras? Si en todas partes del mundo se puede consumir una cheeseburger de McDonald’s, ¿es Vacaciones permanentes así consumible por su forma simple?

Estas preguntas encontrarían soporte teórico de dos maneras. La primera, en una complicidad —señalada ya hace mucho, no sólo por Barthes sino también por Adorno— entre la obsesión del capitalismo con el trabajo y la literatura. Ésta sólo puede justificarse ante la sociedad burguesa presentándose como producto de un trabajo duro, para lo cual tiene que “sustituir el valor de uso de la escritura con un valor-trabajo”. En el capitalismo la obra literaria se salva “no en función de su finalidad, sino por el trabajo que cuesta” crearlo. En concomitancia, el escritor se salva al hacerse “escritor-artesano”, uno “que se encierra en un lugar legendario, como un obrero en el taller, y que labra, pule y talla su forma exactamente como un joyero extrae arte de la materia, dedicando a su trabajo horas regulares de esfuerzo solitario”. Este trabajo es la base del capitalismo, gracias al cual puede subsumir a todas las prácticas artísticas y sus productos en el proceso del comercialismo y la mercantilización de la obra de arte.[6] La segunda, en la porfiada aseveración de Jameson de que “la forma es inmanente e intrínsecamente una ideología en su propio derecho”. La ideología se halla en la forma literaria y no simplemente en el contenido; toda lectura debe ser consciente de que la forma de un texto dado se relaciona inevitablemente a determinantes socio-económicos y a las circunstancias históricas en las que surgió o se transformó. De cualquier manera, sea surgimiento o transformación, la “ideología de la forma, así sedimentada, persiste en estructuras posteriores más complejas como un mensaje genérico que coexiste —sea como una contradicción o, por otra parte, como un mecanismo mediador o armonizador— con elementos de etapas posteriores”.[7]

En Vacaciones permanentes, esas preguntas hallan una respuesta negativa. Su núcleo temático es el desamor en las relaciones familiares, uno que precisamente extiende su cáncer por la disciplina que impone el trabajo en las sociedades atrapadas por el capitalismo y que convierte al amor en un trabajo duro. En el flujo de conciencia del padre de Nico se revela esta situación de ascendencia antigua, de la abuela ya marcada por esa disciplina:

…nadie sabe lo que le tocó vivir a ella sin marido y sin un peso lo único que teníamos era disciplina y sin ella no sería lo que soy no hubiera podido ascender en el ejército no habría llegado nunca a general el amor es duro ése siempre fue su lema… (46)

El matrimonio es apenas un pasaje doloroso, donde el amor ha devenido una actividad laboral de tan férrea disciplina que destruye los vínculos y la comunicación. Tim, el patrón de Analía y Elina, sabe y sufre la universalidad de esta situación, que es la universalidad del capitalismo:

Cuando empezaron a salir podían pasarse la noche entera cogiendo. Ahora [después de casados] ella prefiere acostarse temprano o quedarse armando su árbol genealógico en internet. Apenas puede recordar cómo fueron esos primeros meses juntos. Que las cosas sean así no es algo nuevo ni insólito en la faz de la tierra, razona Tim. Le sucede a todo el mundo, todo el tiempo, pero las personas creen que se salvarán porque son especiales, diferentes (90).

Vacaciones permanentes atestigua que bajo el capitalismo “matrimonio feliz” se ha convertido en un oxímoron. El resultado es un conjunto de jóvenes que acaban cual zombies en el puesto de trabajo, como Analía, “una chica que nunca abre la boca ni demuestra ningún tipo de entusiasmo”, que deja escapar a los clientes sin pagar, que en compañía de Elina “siempre están en la luna” (89-90). En el estado zombie la capacidad de comunicación y de decisión disminuyen al extremo de incidir negativamente en la eficiencia requerida para la multiplicación del capital. Si el capitalismo confió inicialmente en la familia nuclear para la reproducción de la fuerza de trabajo, en sus manifestaciones globalizantes atenta contra esa misma institución. Pero, como se advierte, se trata de autoatentado.

En síntesis, la coincidencia entre la simplicidad del lenguaje, como rastro del trabajo duro de la escritura, y el desamor, como la post-colonización del amor por el trabajo duro, se desvelaría como una hábil estrategia de crítica inmanente o deconstructiva. La forma en la cual el contenido halla expresión torna una constante invectiva contra ese contenido mismo, pese a su coincidencia o al “mecanismo armonizador”. La simplicidad del lenguaje replicaría el estado zombie (la indecisión, la inacción, la incomunicación), un estado que, sin embargo, no puede vender(se). Si unos momentos antes de pelearse con Diego, con el amor de su vida, Analía puede pedirle a un extraño que rece por ellos, aunque sin creer en Dios (33), pues el “rezar”, ya desprovisto de su significado teológico, se vacía a una simplicidad de significante sin significado, de significante zombie. Este vaciamiento ya hubo comenzado en la mercantilización y comercialización de la obra de arte, de la canción de Charly García, “Rezo por vos”, que Analía y Diego escuchan en la rocola del Guan Zhou (31-32). El estado zombie vacía los significados múltiples de las palabras y el número de ellas con el que se da la comunicación. Es este tipo de lenguaje el que resulta ideal para ver, sin las equivocaciones de las connotaciones, los estragos del trabajo duro del capitalismo que hizo en el amor. Ahora el significante, al expulsar al significado, ni siquiera se asocia con un referente. Si bien reencuentra ese contacto inocente con el mundo, éste es un mundo disminuido a la nada por la disciplina capitalista, donde todos están sonriendo sin motivo. El significante parece retroceder hacia sí mismo…

De cualquier manera en que se lea la relación entre el contenido y la forma, con Vacaciones permanentes Liliana Colanzi presenta, en su juventud, una obra sobre la juventud, con la cual logra dar una clase magistral del trabajo duro de escribir. Estrictamente hablando, no es una primera obra de juventud que entrega al público lector; es una obra ya madura, muy bien trabajada.




[1] Merleau-Ponty, Maurice: Phénoménologie de la perception. Paris: Gallimard, 1945, p. 7.

[2] Utilizo la noción de focalización de acuerdo a Bal, Mieke: Narratology. Introduction to the Theory of Narrative. Toronto: University of Toronto Press Incorporated, 1999; véase principalmente pp. 142-61.

[3] La prisa de Barthes en adjetivar al detalle como inútil es sugerido por Michael Moriarty (en Roland Barthes. Stanford, CA: Stanford University Press, 1991, pp. 99, 225-26), en una nota donde relata que Angela Fahy, una historiadora de la burguesía francesa del siglo XIX, le aseguró que los barómetros eran artículos muy valorados y que, por ello, funcionaban como indicadores de riqueza o prestigio. El barómetro, descrito por Flaubert en Un coeur simple, es uno de los ejemplos que Barthes da de detalle inútil.

[4] Barthes, Roland: Le Bruissement de la langue. Paris: Seuil, 1984, pp. 179-86.

[5] Barthes, Roland: Writing Degree Zero. New York: Hill & Wang, 1984, pp. 4, 67.

[6] Barthes, Ibíd., p. 62-63. Adorno, Theodor W.: The Culture Industry. Selected Essays on Mass Culture. New York, NY: Routledge, pp. 98-101.

[7] Jameson, Fredric: The Political Unconscious. Narrative as a Socially Symbolic Act. Ithaca, NY: Cornell University Press, 1981, p. 141.

viernes, 3 de septiembre de 2010

THE WIRE: una escena que no será bonus de ningún DVD (+)

Ante el lanzamiento de nuestra La Banda de los Corazones Sucios (Antología del Cuento Villano) les traemos un texto que saluda a The Wire, serie de televisión que junto a Los Soprano es, quizás, la demostración ostensible de lo sensacional que puede llegar a ser y a hacer la caja boba (frente al infantilismo efectista de Lost, por decir algo).

The Wire es ya un clásico contemporáneo. No necesita más intro. Si alguien, que tropieza con este blog, no ha visto al menos tres veces toda la serie, desde el episodio 1 al 60 (cinco temporadas), le rogamos que, por favor, se ponga al día o no vuelva por acá. Sería inútil tratar de entendernos.

Y, en fin, la vida es corta (y mucho más aún en The Wire).

INTRO

A David Simon (creador de la serie de televisión The Wire) le gusta ufanarse de ser un gran bromista. Una de sus bromas favoritas, cuenta él, es la que le gastó a Dominic West (aka, Jimmy McNulty) y Wendell Pierce (aka, Bunk) y al resto de los actores de la serie, así como al plantel técnico, el día anterior al cierre de filmaciones del último episodio de las cinco temporadas de The Wire.

Ese día, que desde mucho antes se había previsto habría de ser una maratón muy exigente que superaría las 18 horas, un último texto fue añadido a los guiones que fueron distribuidos entre los actores.

Lo que se lee a continuación es, textualmente, lo que David Simon hubo escrito para tal guión.

INT. CUARTO DE INTERROGATORIO.

# 1 DEPARTAMENTO HOMICIDIOS – NOCHE.

BUNK, MCNULTY, sentados, preocupados. Un largo silencio se abre hasta que MCNULTY se inclina hacia adelante, en su silla, y dice:

MCNULTY

Si hubiesen querido liquidarme, ya lo habrían hecho.

BUNK

Ahora, más tarde... Lo mismo da. Te van a hacer concha.

MCNULTY

No estoy tan seguro.

BUNK

¿De verdad crees que debemos seguir discutiendo esto? Sea lo que fuere lo que vaya a pasar, va a pasar.

MCNULTY

¿Qué putas estás diciendo?

BUNK

Me parece que esta charla no va a ningún lado, Jimmy

MCNULTY se queda pensando, asiente.

BUNK

Lo digo en la onda de esa canción de la cosifay... ¿Cómo era que se llamaba? ¿Te acordás? Sea lo que puta sea, será lo que será. O alguna mierda por el estilo.

MCNULTY

Doris Day

BUNK

¿Co-cómooo?

MCNULTY

Doris Day. ¿Qué será, será? (++)

BUNK

¿Qué putas estás hablando, pelotudo, conchetumadre?

MCNULTY

Esa es la canción. “Que sera, sera”, cantada por Doris Day. O sea, whatever will be, will be.

BUNK

Es impresionante la cantidad de mierda que tenés atorada en tu cabeza, Jimmy. Im-pre-sio-nan-te

MCNULTY

Vos sacaste el tema, putazo. Mientras yo estoy tratando de pensar cómo hacer para que no me maten, vos te deleitás en el limbo de los clichés aputosados.

BUNK

Que no te la van a dar.

MCNULTY

¿Y vos qué sabés?

BUNK

¿Que de cómo yo sé?

MCNULTY
Claro. ¿Qué dios en pedo se cayó en Baltimore y te dio, justo a vos, el poder de ver el fuckin’ futuro? Es mi vida lo que está en juego, cagón.

BUNK

Calmá ese culo un poquito.

MCNULTY

No puedo. ¿Cómo? Decíme.

BUNK

Mirá, ya sabés cómo sigue toda esta historia

MCNULTY

¿En serio?

BUNK

Claro, pelotudazo, nos cambiaron el guión, enterito. Vos leíste toda esta mierda de punta a punta, ¿no? Bueno, lo cambiaron a última hora.

MCNULTY
Yo sé lo que está escrito hasta cierto punto... Pero con todas esas revisiones de mierda, siempre al último minuto... Escriben hasta en el papel higiénico estos tipos.

BUNK

Ufff

MCNULTY

¿Qué decís?

BUNK

Lo que trato de decirte, Jimmy, es que ya estamos muy metidos en el proceso

MCNULTY

Pero podrían seguir corrigiendo un poco más. Como, digamos, esta escena... Medio floja, ¿no?

BUNK

No creo que vayan a filmar esta porquería

MCNULTY

¿De verdad?

BUNK

Escuchame, carita de concha: están tratando de sacar en limpio algo que no pase de las siete páginas, para mañana. ¡Para mañana! Si el productor [David Simon] trata de agregar esta boludez a lo ya pactado, todo el plantel técnico se hará un churrasco con su blanco culito.

MCNULTY

No sé. Yo creo que ese chupapijas nos ha estado exigiendo lo imposible durante demasiado tiempo, así que, bueno, se veía venir...

BUNK

Es un gran hijito de puta, cierto, pero, Jimmy, con esto ya se voló la barda.

MCNULTY

O sea que... ¿ya está?

BUNK

Totalmente. Estas páginas no serán realmente filmadas. Son para joder nomás.

MCNULTY

O sea que vos y yo estamos acá hablando al súper-pedo.

BUNK

Hablando pelotudeces sobre nosotros, nosotros mismos. Somos un par metapelotudo de borrachos de ficción en este momento.

MCNULTY

Me encanta cómo ponés la boquita al decir huevadas como ésa...

BUNK

Bueno, en realidad, es un guión, ¿ves?

MCNULTY

Pero cuando vos decís eso, toda esa mierda suena real.

BUNK

Es cierto.

MCNULTY

Vulgarísimo, sí, pero poético.

BUNK

Yeah, fuck.

MCNULTY

Motherfuck.

BUNK

Fuck me

MCNULTY

Fuck fuck fuckity fuck fuck

BUNK

Aw fuck

MCNULTY

Yeah, yeah, fuck, fuck

Cámara sobre BUNK y MCNULTY, asintiendo en fucking afirmación de lo fucking bueno que es el plantel the THE WIRE. Y lo fucking agradecidos que están todos a los fucking guionistas, porque no hay –repetimos NO HAY- ninguna fucking escena que ellos se negarían a volver a grabar si se lo pidiésemos.

FUNDIDO A:

FIN

(fuck!)

Notit’s

+ Tomado de THE WIRE: TRUTH BE TOLD. [Grove Press, New York, 2010]

++ Sic, en el original.

Acá la famosa escena del relevo de una escena criminal: McNulty y Bunk dialogan mientras recogen evidencias. El diálogo se sostiene usando una única palabra: fuck. Sensacional.

lunes, 30 de agosto de 2010

Mis muertos punk

El pasado 21 de agosto falleció uno de los escritores latinoamericanos más lúcidos y con mayor influencia en la actual generación: Fogwill. Dueño de una mirada profunda y penetrante, de una prosa que se mueve entre lo oral y la elegancia, su narrativa (pero también sus poemas) quedará como legado (ahí están Muchacha Punk, Japonés, Vivir afuera, Los Pichiciegos, La larga risa de todos estos años, Música, etc.) para los lectores más exigentes. Así esta despedida es también el homenaje de un lector

Fogwill (1941-2010)

por Maximiliano Barrientos

El año pasado, cuando fue invitado a la Feria del Libro de Santiago de Chile, dijo que no entendía a los escritores que se las daban de mártires cuando el bloqueo los visitaba. Para Fogwill todo era más sencillo. Dijo que si ese era el caso, les recomendaba que buscaran una página porno en Internet y que aguardaran hasta que la inspiración volviera. Fogwill tenía montones de frases ácidas que corroía al mundillo literario y que eran la comidilla diaria de los medios. Su inteligencia era aguda y por ratos “alienígena”, como pertinentemente la calificó la cronista Leila Guerriero. En la mayoría de las fotos que le tomaron y que ahora saturan distintos sitios de la red aparece con los ojos desorbitados, en pose de combate. Fogwill era una marca registrada. Igual que Hemingway, tardó años en construir su propia leyenda, el personaje desde donde escribía.

Toda esa lucidez despiadada no serviría de nada si no estuviera abalada por una obra contundente. La inteligencia no es el principal don de un narrador. Hay muchos otros que se precisan con más valía. Una inteligencia feroz, desbocada, puede ser perjudicial si es que enturbia la sensibilidad y la respiración de la prosa. No es el caso del Fogwill, quizás porque esa inteligencia “alienígena” tenía poco que ver con lo académico y sí mucho con lo vital, con la posibilidad de mirar en zonas oscuras. Su inteligencia, en otras palabras, tenía que ver con el riesgo, con la valentía. Fogwill escribía este tipo de cosas: “Yo creo con fervor, y me atrevería a demostrarlo, que toda muerte es una precipitación acumulada de la vejez. La bala que una madrugada de octubre de 1952 sesgó la vida de un puntero maosita en el barrio de Banfield, era una carga de vejez que atravesó su piel haciendo que todo el tiempo del universo se le metiera adentro” (Sobre el arte de la novela).

Ninguna de sus novelas llegó a romperme la cabeza. Todas tienen momentos prodigiosos pero aparecen exabruptos que terminan descolocándome (especialmente cuando juega con la metaficción, como es el caso de La experiencia sensible). No ocurre eso con las narraciones de corto aliento. Ahí Fogwill es tremendo, insuperable. La maquinaria de sus cuentos corre a mil por hora, la prosa es filosa y no da respiro. Pienso en Help a él, La larga risa de todos estos años, Música, Muchacha Punk, Sobre el arte de la novela, Japonés. Son mis favoritos junto a la nouvelle que escribió en los años 80 a punta de cocaína y que radiografió la intimidad de un grupo de soldaditos argentinos que vivía como topos en plena guerra de Las Malvinas: Los Pichiciegos.

Una escritura que carece de ritmo es una escritura anémica que no sobrevivirá aun cuando la historia sea interesante y los personajes conmovedores. El ritmo va primero, es el latido secreto, luego viene lo otro: la arquitectura de los textos. Fogwill es básicamente una música constante, incisiva. Ese quizás sea su principal atributo y en algunos casos su defecto más visible. Toda su obra está montada en un mismo tono hipnótico que golpea directo en la mandíbula. Como muestra, un fragmento de Los Pichiciegos:

“Sobraba el tiempo entre los turnos de cavar. Cavaban de mañana, para que el viento tapase el ruido de las rocas. Hablaban:

¿Qué querrías vos?

Culear.

Dormir.

Bañarme.

Estar en casa.

Dormir en cama blanca, limpio.

Culear.

Comer bien… ¡Te imaginás un asadito!

Ver a mis viejos.

No lo podían creer. Verificaron:

¿A tus viejos?

Sí, y culear y bañarme—dijo el de los viejos, seguro que para no pasar vergüenza.

¿Vos, Tano?

Dormir en cama limpia.

¿Y vos?

Yo estar bien lejos, con calor.

En el calor todos estuvieron de acuerdo. Uno dijo:

Culear y ser brasilero.

Qué: ¿negro?

Cualquier cosa. ¡Pero brasilero!”

Su muerte, ocasionada por un enfisema pulmonar, sorprendió a todos. Tenía 69 años y hacía sólo unas semanas estuvo en Montevideo participando en un congreso literario organizado por la revista Eñe donde despotricó, entre otras cosas, contra los narradores españoles a quienes calificó de mediocres. El único que se salvó, con justicia, fue Manuel Vilas. Desde 2007 la editorial Periférica reeditó con gran éxito sus libros en España. Apareció en excelentes ediciones Un guión para Artkino, Los Pichiciegos y Help a él. Siempre es extraño escribir sobre un escritor que acaba de morir porque se tiene la impresión —que puede ser puramente ilusoria—de que se lo ha conocido a fondo, como si fuera un amigo. Fogwill seguramente era un tipo difícil, pero los que lo conocieron aseguran que era dadivoso. Ayudó a autores jóvenes que consideraba talentosos facilitando la publicación de sus textos. El sábado pasado fue un día triste para muchos. Para otros, sus enemigos, significó el fin de esa vocecita que siempre estaba echando luz sobre sus puntos blandos. Escucho una y otra vez Nebraska de Bruce Springsteen mientras escribo esto. Es un disco tenue, de climas oscuros, ideal para decirle adiós y para salir a la calle y perderse en el ruido.

viernes, 20 de agosto de 2010

La Banda de los Corazones Sucios

Estamos orgullosos de comunicarles que ya está en las calles nuestro quinto título La Banda de los Corazones Sucios, selección y prólogo de Salvador Luis. 14 narradores hispanoamericanos, 14 maneras de ser villano (la supertapa estuvo a cargo de Leandro Escobar). Mientras tomamos poco a poco las librerías, les informamos que ya se vende en el Stand de la librería Martínez Accini en la XV Feria Internacional del Libro de La Paz.

Sucios. Corazones sucios. ¿Cuántos villanos caben en un mismo volumen? En este compendio de cuentos, catorce narradores de Iberoamérica apuestan con dramatismo y humor negro por los “malos de la película”: los asesinos, los bribones, los todopoderosos. Un volumen de maldad y malas compañías. Una Banda de Corazones Sucios que eleva, con su dudoso proceder, a todo aquel que se siente también un poco sucio.

Cuentos de:

JON BILBAO (España)
ANTONIO ORTUÑO (México)
MARIANA ENRIQUEZ (Argentina)
VICENTE LUIS MORA (España)
ALBERTO CHIMAL (México)
MARIAN WOMACK (España)
WILMER URRELO (Bolivia)
SERGI BELLVER (España)
MATÍAS CANDEIRA (España)
JUAN TERRANOVA (Argentina)
JAVIER PAYERAS (Guatemala)
LEONARDO CABRERA (Uruguay)
JUAN CARLOS MÁRQUEZ (España)
ROCÍO SILVA SANTISTEBAN (Perú)

miércoles, 21 de julio de 2010

Contraépica

Publicada primero en el suplemento Brújula de El Deber y hace una semana en Fondo Negro, compartimos con ustedes una reseña de Giovanna Rivero sobre los cuentos de Liliana Colanzi, y aprovechamos para invitarlos a la presentación de Vacaciones Permanentes en la ciudad de La Paz el día martes 27 de julio a hrs. 19:30 en la librería Escaparate Cultural (Edificio HOY, Planta baja, Av. 6 de agosto # 2670). Los esperamos.

por Giovanna Rivero

No siempre en un primer libro de cuentos se intuye el proyecto que el escritor o la escritora ha decidido entregar, a pesar de los secretos pudores, al lector. Vacaciones permanentes, sin embargo, es un libro transparente en ese sentido. Conseguir esa transparencia ha debido significarle a su autora, Liliana Colanzi, horas de trabajo, corrección, relectura, concentrada inteligencia y otras batallas no menos intensas.

Pero, ¿de qué está hecha esa transparencia? ¿Acaso sólo de la renuncia a una pretenciosa opacidad, a una retórica densa y a veces innecesaria? Sí, también de eso. Aunque en el caso de Colanzi, como en el de otros escritores de su generación, la decisión de trabajar con registros domésticos y composiciones lingüísticas mínimas, en ocasiones aparentemente incompletas, pasa más bien por el deseo de priorizar la vida, la vida misma, entendida como eso que nos ocurre a veces violentamente, a veces en la más alocada inconsciencia, más allá de las leyes del lenguaje.

Esto que podríamos considerar una saga, un diario íntimo de viaje o la autobiografía de una generación, tiene, como debe ser, un punto de partida, una fecha-hito: “1997” se titula el cuento que hace de cinta inaugural de esa brillante y demasiado efímera road movie que es la primera juventud vivida justo en el cruce de milenios, cuando la caída de los viejos paradigmas y la euforia de la Globalización generaron otro tipo de crisis, otro tipo de dolor, entre ellos el desconcertante conocimiento de que ser joven ahora sólo servía para eso: para ser joven (¿y era aquello suficiente como gesto político?). En ese sentido, me atrevo a decir que hay una dimensión apocalíptica, astutamente matizada por la prosa limpia de Liliana, en este plano secuencia de siete cabalísticos cuentos.

En efecto, si prestamos atención a la línea biográfica que la narradora traza para su protagonista, Analía, esa suerte de alter ego que en las narrativas intimistas o confesionales sirve para poner en acción los infinitos juegos especulares de la autorreferencialidad, la mentira, la fe del lector y los límites de la honestidad, notaremos que su veloz descenso a los infiernos de la adultez es algo así como una “picaresca negativa”. La joven Analía es la privilegiada testigo del lento pero implacable deterioro de la clase alta boliviana que, claro, a diferencia del resto de Latinoamérica, está siempre más contaminada por el roce continuo y a veces gozoso con el vulgo. Este primer desmontaje es clave para entregar al lector a una Analía ya corrompida por la prematura desilusión. El resto será la supervivencia emocional y económica, las concesiones morales, el veloz aprendizaje del mundo “real” y la manía de la huida.De modo que cuentos como “Rezo por vos”, “El fin de semana estaré bien” o “Banbury Road” nos muestran la contraépica de una Analía que ha decidido agotar el capital de su juventud en eso que el primer mundo valora y teme: la experiencia. Con un aborto de por medio, ruptura para nada gratuita del máximo continuum, el de la maternidad, lo que sigue es una serie de programas fallidos, como si en la potencia del “no” los personajes de Colanzi encontraran ese gesto político antisistémico que reclamábamos en las primeras líneas de esta reseña. Analía abandona sus amores en pos de un ideal siempre inalcanzable, y este ansioso nomadismo, tan a tono con los relatos transmigratorias del Siglo XXI, parece rebotar una y otra vez contra el vacío. La experiencia se atesora, pero su acumulación debe ser frenética y no plantearse ningún tipo de objetivo didáctico.

Sin embargo, y he aquí una exégesis, quizás a pesar de la ruidosa consigna de desequilibrada y perpetua juventud que los siete cuentos proclaman: es probable que el mejor triunfo sea el de la preservación de la individualidad. Aun en medio de la anónima muchedumbre y de las convencionales propuestas para “ser parte de la sociedad” hacer una pareja, establecerse, progresar, Analía, la melancólica heroína, no manifiesta ningún vicio esquizoide (tal vez porque los discursos esquizoides son propios de la modernidad antes que de la posmordenidad). Analía es una sólida unidad, no hay contradicciones o humor que debiliten su empecinado viaje, en soledad, hacia el corazón de las tinieblas. Analía es una flecha que hiere lo que toca.

Hay mucho, mucho más que decir de este precioso volumen. Si sólo nos detenemos a mirar los personajes secundarios, descubriremos en un par de ellos las consecuencias de negarse a crecer, el modo en que lo que era fuerza negativa vital se convierte en una triste mueca del pasado. Adultos inmaduros, decadencia, y en el mejor de los casos, el romántico suicidio, parecen constituir la perspectiva más segura. Ecos carverianos se escuchan en el soundtrack de Vacaciones permanentes, pero a diferencia del minimalismo fundacional de Carver, cuyos personajes han sido mutilados (por obra del editor, ahora lo sabemos) de todo pasado y tal vez de todo futuro, en Liliana, los personajes todavía están dispuestos a salvarse, a trazar vínculos, “de amor” o “de odio”, no importa, para hacer la última apuesta: descubrir si después de la juventud todavía hay felicidad posible o algo que se le parezca. Si dejar de ser herederos para tomar la posta puede regalar un poco, un poquito de satisfacción.

sábado, 3 de julio de 2010

Música para rinocerontes, Juan Terranova

El sábado de julio en la ciudad de Cochabamba, en el marco del VI Encuentro de Escritores Iberoamericanos (auspiciado por el Centro Simón I. Patiño) presentaremos nuestro cuarto lanzamiento, Música para rinocerontes, del escritor argentino Juan Terranova. Los esperamos en Teatro al Aire Libre (Cochabamba) el sábado 10 de julio a las 10:30 a.m.La ciudad de Buenos Aires, los malentendidos del periodismo, la web, las hilachas de política y su articulación con la vida privada, algunas de las muchas variantes del sexo. Estos son los temas de Música para rinocerontes, el primer libro de relatos de Juan Terranova. ¿Por qué no funcionaría una remera con la cara de Joseph Stalin? ¿Por qué los guardavidas no pueden estar en pareja con telépatas? ¿La actividad crítica nos lleva directo a la paranoia? ¿Las mujeres son comparables a grandes y crueles arañas asesinas? Con un estilo directo, el autor de estos doce relatos construye tramas y situaciones que recorren en todas direcciones los primeros diez años del siglo XXI.

"Le tengo un especial cariño a Música para rinocerontes –dijo Terranova–. Un poco porque se fue armando solo, casi sin esfuerzo, con historias breves que escribí a destiempo entre una novela y otra. También porque muchos de sus personajes son reales. A veces pienso que contiene todos mis libros anteriores y de alguna forma anticipa los que voy a escribir en el futuro. Y esa idea lejos de inquietarme me gusta y entusiasma.”

sábado, 12 de junio de 2010

Sobre Vacaciones Permanentes de Liliana Colanzi

Hace una semana, en el recompuesto Fondo Negro de La Prensa, Sebastián Antezana comentó Vacaciones Permanentes (recientemente presentado en XI Feria del Libro de Santa Cruz de la Sierra) y entrevistó a la autora, Liliana Colanzi. Nosotros reproducimos la nota con orgullo.

Foto: Rodrigo Urzagasti

Vacaciones permanentes, mucho más que un primer libro

por Sebastián Antezana

Cada cierto tiempo aparece en la narrativa nacional una propuesta original, un texto que se constituye en obra superior a la suma de sus capítulos, de las partes que la componen, un libro de cuentos, en suma y en este caso, que no es solamente un libro de cuentos. “Cada vez es más complicado develar el enigma de qué es un buen cuento y cómo debe ser. Una de las posibles y más sabias y acertadas respuestas a semejante misterio son los cuentos de Liliana Colanzi”, dice Rodrigo Fresán en la contratapa del libro de la joven escritora cruceña, como presagiando el alcance del desafío establecido en sus páginas. El tamaño de las afirmaciones de Fresán encuentra su justo equilibrio en el tamaño de lo que se juega en Vacaciones permanentes, el primer libro de Colanzi que se presentó el pasado jueves 3 de junio en la XI Feria Internacional del Libro de Santa Cruz, por Editorial El Cuervo, y que llega a inaugurar con violencia y sutileza una literatura que nos es muy cercana y a la vez profundamente nueva, un discurso cargado de gestos que descubrimos como innovaciones y a la vez reconocemos como nuestros.

Entre los siete cuentos y las 120 páginas que componen el libro, el lector encuentra personajes e historias interconectadas, nacidos de una compleja tradición estética literaria y visual, ya que el papel de las imágenes en Vacaciones permanentes es trascendental y crea una lógica interna que, sin embargo, quizás no vale tanto por su carácter físico —la descripción de lugares específicos que se repiten o no en el libro, calles de Santa Cruz, Estonia o Inglaterra, carreteras anónimas, cuartos de hotel— como por su naturaleza emocional, su cercanía a una cadencia que es en realidad un estado de ánimo generalizado. Entre los momentos más destacados de este conjunto notable, “1997” y “Banbury Road” son dos pequeñas obras redondas, de lo mejor que se ha escrito en el género en los últimos años en el país.

Cuando se le pregunta por el origen del libro, Colanzi comenta: “Me fui del país a los 23 años, cuando aún tenía todo el tiempo del mundo para derrochar con los amigos, creyendo que podría prolongar ese estado de suspensión indefinidamente. Pero el tiempo nunca es generoso. A mi regreso en 2008 me encontré con que la imagen que guardaba de esa época —en buena parte mitificada por la soledad y la distancia— había desaparecido casi por completo. Obviamente, yo tampoco era la misma. Cuando descubrí que el territorio —físico y emocional— de mi adolescencia y de mis primeros años de juventud estaba perdido para siempre, deseé con más intensidad que nunca recuperarlo a través de la ficción. Así nació ‘Rezo por vos’, y el primer borrador del relato ‘Vacaciones permanentes’, y varios otros cuentos que deseché porque se me escapaban el tono o el ritmo adecuados. Me faltaba la distancia necesaria para escribir lo que quería, y esa distancia la encontré cuando volví a irme del país. Sólo entonces recobré el tiempo y la soledad que precisaba para convocar a algunos fantasmas. Finalmente, al escribir creía, como Natalia Ginzburg, ‘que no debía contar nada que me resultara indiferente o extraño, que en mis personajes debían esconderse siempre personas vivas a las que estuviese unida por vínculos estrechos’”.

Y de personajes vivos se trata, sin duda. En ese sentido, el gesto que relata al mismo tiempo los dramas del individuo marcado por los rigores del crecimiento y las despedidas, y la vaguedad estilística que los antecede y finaliza son una especie de marca generacional en la narrativa boliviana contemporánea. Sin alejarse del todo de esta característica —que cuando es considerada como valor de legitimación pierde todo rigor—, los cuentos de Colanzi proponen una propuesta estilística más afín a una búsqueda propia del relato: la lucha por encontrar un ritmo narrativo que no interfiera en la exploración sin concesiones de sus personajes. “No creo mucho en las etiquetas generacionales; a fin de cuentas, a la hora de escribir cada escritor se encuentra solo, enfrentando sus propias batallas”, añade Colanzi. “Al momento de escribir los cuentos de Vacaciones permanentes no se me pasó por la cabeza en lo más mínimo explorar el estado de la sociedad y la cultura. Mi intención era transmitir ciertos estados de ánimo, experimentar con el ritmo y la cadencia de los textos, crear personajes de los que se desprendiera algo vivo y encontrar una manera de narrar sus historias de la manera más directa posible”.

Así, Vacaciones permanentes se muestra como una exploración a las zonas trascendentales del ser humano, allí donde los límites entre amor, desencuentro y nomadismo se revelan permeables y difusos, allí donde el hombre batalla por y contra sí mismo mientras se da cuenta de que el entorno cambia inexorablemente y de que quizás allí se encuentre el mayor drama de todos: el hecho de que el fin implica siempre un aprendizaje doloroso en el que a veces uno llega a perderse. Así, algunos de los personajes están marcados por una profunda soledad, un desamparo mayor a la suma de sus circunstancias individuales. Al mismo tiempo, esa desconexión esencial con el resto del mundo parece pasar por una falla de origen en el núcleo de las relaciones sociales más íntimas: la pareja y la familia. Si bien Vacaciones permanentes es también fruto de experiencias personales, en la misma medida en que todo libro es fruto de ciertas experiencias personales, no se trata de un texto autobiográfico. Comenta Colanzi: “Alguna vez Michael Chabon dijo que todos los libros se leen como autobiografías. No en el sentido literal, por supuesto, sino aludiendo a que cada texto es, de alguna manera, el mapa de las obsesiones, los miedos y las inquietudes de un autor. Sin embargo, el escritor es totalmente innecesario como vehículo para llegar a su obra —en muchos casos, creo que la presencia del autor es más bien una interferencia. Cada libro se defiende por sí mismo, navega o naufraga solo, pero en cualquier caso prescinde de su autor”.

Vacaciones permanentes no es un primer libro cualquiera. Viene precedido y acompañado por la brillante intuición estética de su autora y un fuerte compromiso con el hecho de narrar cruda y profundamente un mundo y unos personajes que, salvo algunas excepciones, podrían bien desafiar la prueba del tiempo. Entre ellos, la Analía de “Banbury Road” se mantiene entre los más logrados del libro, una de las propuestas más interesantes y mejor llevadas actualmente, mediante la que es posible llegar a conocernos mejor desde la ficción.

lunes, 24 de mayo de 2010

Vacaciones permanentes, Liliana Colanzi

Nuestro tercer título, el libro de cuentos de Liliana Colanzi, Vacaciones permanentes, ya había sido adelantado primero en Los Noveles, luego en Etiqueta Negra y ahora en Ecdótica (gracias a todos!). Ahora compartimos el texto de la contratapa y aprovechamos para anunciar su presentación oficial en la Feria del Libro de Santa Cruz de la Sierra el 4 de junio a hrs. 21:30. Los personajes de estos cuentos de poderoso impacto emocional transitan por un mundo de verdades inconfesadas y deseos no correspondidos. La confusión, el vértigo y la ternura se mezclan en las experiencias de Analía y sus amigos a lo largo de un periodo turbulento que se inaugura en medio de la euforia adolescente para acabar, inevitablemente, en el desencanto. En “1997”, en una Santa Cruz que sueña con la modernidad y el progreso, Analía se enfrenta al resquebrajado mundo de sus padres, miembros de una clase privilegiada en decadencia. “Banbury Road” muestra a Analía dando sus primeros pasos en el mundo adulto en una Inglaterra gris y fría, luchando con la contradicción que la ha marcado desde siempre: las ganas de partir, la tentación de quedarse. La colegiala rusa de “Tallin” narra cómo es seducida por la promesa de una vida deslumbrante al lado de un contrabandista que le dobla en edad.

Vacaciones permanentes capta sin concesiones el fin de una época y una forma de vida. En estos inolvidables relatos de aprendizaje, Liliana Colanzi se revela como una narradora tan audaz como implacable a la hora de dar cuerpo a los impulsos que se agitan en lo más profundo de sus personajes.

“Cada vez es más complicado develar el enigma de qué es un buen cuento y cómo debe ser. Una de las posibles y más sabias y acertadas respuestas a semejante misterio son los cuentos de Liliana Colanzi. Cuentos desbordando de luces y de sombras y, sobre todo, de perturbadores claroscuros. Cuentos que son, también, como visitas a un planeta lejano y nuevo pero a la vez conocido y próximo. Y es que las idas y vueltas y las alzas y bajas de la juventud siempre serán cuentos que hay que vivir bien para contarlos aún mejor, con una rara astucia y envidiable madurez, trabajando duro, aunque el libro se llame Vacaciones permanentes”.

Rodrigo Fresán